Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

EL CLERO.- EL ARZOBISPO LAS HERAS 657 La noticia de la expulsión, que mal pudo ocultarse, cayó, pues, en la ciudad como un rayo. El clero acudió en masa a los salones del palacio arzobispal. El pueblo se conmovió. Formáronse bulli– dosos corrillos frente a la morada del expulso; y las murmuracio– nes y protestas, francas y decididas, escuchábanse por todas par– tes. Recordábase y comentábase acaloradamente la abnegada con– ducta del jefe de la Iglesia peruana el 15 de julio; y la multitud de gentes menesterosas auxiliadas por su munificencia, presentóse y llenó los patios y pasadizos, y hasta el atrio del Sagrario y del tem– plo, rompiendo en llanto los unos, lamentándose a voz en cuello los otros. La permanencia del arzobispado en la capital, según el último de los autores que acabamos de citar, hízose "un peligro grave; pues, con sólo su influjo, podía contrarrestar el poder del pueblo, siempre inclinado al fanatismo" (18). Temblaron los ministros encargados del mando por ausencia del Protector en el ejército y Monteagudo, entre ellos el más firme y resuelto en las grandes ocasiones escribió, ese mismo día miér– coles, 5 de setiembre, como cuotidianamente solía racerlo al cam– pamento patriota: "Los encerrados en La Merced (españoles) son un motivo de alarma; y al arzobispo, en mi concepto, es preci- 50 hacerlo salir hoy, sin embargo que no se le cumple el plazo. Si Ud. tiene un momento para pensar en esto, nos ordenará lo que guste". Asintió sin duda San Martín, porque, poco después (la car– ta había sido escrita muy de mañana) Las Heras recibió conmina– toria de reducción del término acordado la víspera, a sólo veinti– cuatro horas; y, tomadas por el gobierno las medidas convenien– ·tes para evitar mayores manifestaciones en la plaza y en las calles, y así asegurar la inalterabilidad del orden, la carroza metropolitana, con la escolta prevenida, ambas conductoras del proscrito, salieron de palacio de Santo Toribio a las cinco de la tarde del propio día 5; y, por el puente de piedra y las calles de San Lázaro y Malam– bo, partieron camino del norte con destino al vecino pueblo de Chancay. XXV El sanmartinismo de ciertos escritores, que, confundiendo la parcialidad con la gratitud, han dado a exculpar, tenaz y sistemá– licamente, todos los yerros del Protector, ha procurado envolver la expulsión del arzobispo Las Heras, en un concepto de necesi- (18) Op. cit., pág . 214.

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