Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
556 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ perdimiento de bienes y de seis meses de presidio para los esclavos mismos, que, no habiendo vuelto al poder de sus patrones, se abs– tuvieran de hacer esa presentación en el término fijado (23 de no– viembre). Más tarde (8 de enero de 1822) establecióse distinción entre los siervos filiados e incorporados antes y los alistados después de la en– trada del Ejército Libertador. Convínose en la devolución de los se– gundos; pero castigóse con la misma pena de confiscación, la reten– ción y ocultación de los primeros. XXI Como en Lima existiesen numerosos desertores del ejército rea– lista y siguiesen llegando otros, de presencia y procedimientos sospe– chosos, dispúsose que todos ellos presentáranse en los cuarteles; en un término de veinticuatro horas, los que se hallasen entre muros y de cuarenta y ocho los que vagasen en las inmediaciones. En caso contrario, serían considerac;Ios espías y castigados con todo rigor como tales (27 de setiembre). No faltaron quienes, para despistar y burlar a la policía ur– bana y sobre todo a la rural, usasen el uniforme de los soldados independientes, ora con el propósito de recoger y enviar datos a las autoridades militares españolas, ora con el fin de cometer exacciones y aun delitos execrables. El 22 de agosto prohibíase el uso de todo distintivo militar a cuantas personas no le tuviesen con derecho y por despacho actual. Y el 13 de octubre fijóse como pena a los contra– ventores, la de seis años de presidio. Sanción igual se dictó contra aquéllos que, habiendo obtenido despachos provisionales del general San Martín, antes del ingreso de éste en Lima, no se presentaran, dentro de dos meses, en demanda de su revalidación. Para todos los casos que preceden, por una afición indominable en Monteagudo, que apeló siempre a tan proditorio medio, quedó autorizado y recompensado el recurso de la delación. XXII Cuando el Ejército Libertador entró en Lima -supuesta y co– nocida de notoriedad la escasez en que los realistas habían dejado el tesoro- hubo de pensarse en una manera fácil y segura de ins– talar y sostener a los jefes y oficiales, que de pronto habían de estar privados de recibir auxilio ni emolumento alguno. Entonces se adop– tó un procedimiento, incómodo y gravoso para los limeños que, sin embargo, aceptaron la incomodidad con entusiasmo y soportaron el
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