Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
PRIMEROS ACTOS DEL PROTECTORADO 545 bres, justo era que los conservara, a la vez que los funcionarios del ·astado tenían los suyos, más caros al corazón de los independien– tes", dispúsose: 1? que se quitara de todos ]os lugares públicos y edi– ficios privados, no sólo las armas de España, donde aún hubiesen quedado, sino todo jeroglífico o signo alusivo a la dependencia de América; 2? que cualquier ciudadano estaría autorizado para des– truirlos, con tal que no se excediese de tal objeto; 3? que, en el fron– tispicio de todos los edificios públicos, y casas de los primeros fun– cionarios del Estado, pusiérase las armas nacionales, costeadas por el erario en los primeros, y en las segundas por sus propietarios; añadiendo, en éstas últimas, una inscripción, en meras iniciales, alu– siva al rango del ocupante (ministro de Estado, presidente de la Al– ta Cámara, etc.); y 4? que la nobleza peruana pudiese usar sus anti– guas armas, pero variando los jeroglíficos que resultaran opuestos a los principios proclamados, y previa aprobación gubernativa para la adopción de los nuevos. Se terminaba exponiendo que los condeco– rados de la Orden del Sol (institución de que hablaremos) podrían usar, en el frontispicio de sus casas, un sol, con una inicial al centro, indicativa de la clase a que perteneciera el condecorado. Ya, al pormenorizar en forma incontrovertible la monarcoma– nía de San Martín, examinaremos los actos que fue astuta y calcula– damente desenvolviendo, en orden a la reafirmación de la nobleza colonial y a la erección de instituciones netamente monarquizantes, como la recordada Orden del Sol, la Sociedad Patriótica, etc. IX Entre tal serie de futilezas, que así monopolizaban el pensamien– to y la energía del Protector, con daño de su misión esencial, fincada en la guerra (mal, éste, frremediable, porque era el medio único efi– caz de llegar a la independencia efectiva) merece recordarse, como excepción plausible, la resolución encaminada al funcionamiento re– gular y provechoso de las oficinas del Estado. Habían llegado a su colmo el descuido y el abuso de los empleados, bajo la desordena– da administración realista, que, ansiosa de no disgustar a sus adep– tos o soñolienta Q.e suyo, había extremado la tolerancia, sobre todo con el elemento español, en ella predominante. Y el vicio tendía a perpetuarse bajo el nuevo régimen, tolerante a su vez y temeroso de incidir en el empleo de medidas radicales. Pero hubo al fin que tomar estas últimas, porque la inasistenci~, la pereza y la incuria, que con intermitencias imperan hoy mismo, rayaban en el escándalo. Tal resolución, por otra parte, resultará curiosa para las gentes del día, porque, en contraposición a sus desatinadas costumbres, de-
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