Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
PRIMEROS ACTOS DEL PROTECTORADO 529 práctica por el descuido, la escasa vigilancia, la pasión o el interés: todos quedaron poco menos que escritos; pero las denuncias, que no faltaron, estimuladas por el lucro o por el odio, diéronles a veces eficacia: en todo caso, indicaron la presencia y buena voluntad de un poder protector de la desgracia, inclinado, en caso dado, a hacerlo respetar. XXIV El 13 de octubre de 1821, o sea cinco días después de la subrep– ticia suscripción del Estatuto, que, como hemos dicho, no llegó a publicarse y conocerse hasta el 17, se expidió decreto especial en ga– rantía de la libertad de la prensa. "Desde que se inventó, decía, el arte libertador de la imprenta, ha experimentado el orbe social una revolución benéfica; pues, des– arrollándose los talentos, y saliendo el genio de la oscuridad qu~ frecuentemente le envolvía, no sólo ha acrecentado la civilizaci.0n de los pueblos y reformado muchos y graves abusos, sino que ha influído asombrosamente en el destino mismo de las naciones y de los gobiernos. El del Perú, que nada desea tanto como la prosperi– dad del país cuya suerte le está confiada, va a sancionar la libertad de imprenta, porque reconoce el derecho que tienen todos los hom– bres, de pensar, de hablar y de escribir; y porque está convencido de que, sin ella, son perdidos los más bellos talentos para la patria, para la causa de la razón y de las luces. Mas, al mismo tiempo que concede la libertad de manifestar públicamente su opinión a todo individuo, es necesario impedir su licencia, y evitar que el abuso de aquella arma la convierta, en manos del sedicioso y del perverso, en un instrumento de desorganización y de venganzas". Este preámbulo bien daba a comprender que la garantía en el decreto reconocida, habría de serlo en forma limitada, no por su– puesto preventiva, que ahogaría la libertad antes de su manifesta– ción, que es la libertad misma; sino en la forma represiva de los excesos que la pervierten y desnaturalizan. Bueno era, como el de– creto agregaba, "acelerar progresos de la causa pública"; pero nece– sario, a la vez, "poner a cubierto de los tiros de la calumnia, la pro– piedad más augusta del hombre, que es su honor". Por su propia experiencia conocían Monteagudo y García del Río (este último suscriptor del decreto como ministro de lo interior) cuán temibles son los éxitos de la propaganda impresa, en épocas de agitación revolucionaria; y cuán perniciosa la influencia de aque– lla prensa malévola y demagógica, en que plumas aviesas vierten a torrentes la ponzoña del rencor, de la injuria, de la falsedad y la
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