Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
PRIMEROS ACTOS DEL PROTECTORADO 513 Era la ciudadanía de la iglesia sobrepuesta y antepuesta a la ciudadanía política; era el baustimo constituido en carta de aptitud y naturaleza para el ejercicio de los derechos soberanos: homenaje primero, de privilegio y exclusivismo, vendido a la servidumbre del entendimiento y de la conciencia, en nombre de la libertad. Por des– gracia, aquello habría de perdurar. VI A esta temerosa y penitente transacción que, de rodillas, pacta– ba el régimen emancipador con los vicios y reatos del extinguido coloniaje; digamos mejor -sobre esa transacción, cacareada al co– mienzo, como base- erigíase el flamante edificio político, resumido en estos como arcos torales de la cúpula del Estado: ministros, con– sejo consultivo, presidentes de departamento, municipios, poder ju– dicial; encima -con cimborio radiante- próvido y omnipotente, el Protector. El Protector, en efecto, era eje y centro, coronación y resumen del sistema: en él residiría "la suprema potestad directiva de los departamentos libres del Estado del Perú". Era algo así como un rey absoluto: quizás más: sus facultades excedían de todo ejemplo; no estaban determinadas; no reconocían limitación; encerrábanse en es– ta fórmula, condensadora de todas las autocracias: "las facultades del Protector emanan del imperio de la necesidad, de la fuerza de la razón y de la exigencia del bien público". El cerebro tenebroso de Monteagudo concibió así y su pluma calcó, en rápida y severa sen– tencia jurídico-constitucional, una forma de gobierno típica, sin pre– cedente ni semejante; forma ultrapersonal, superdespótica; injerto egipcio-tibetano, pérsico-babilónico, incaico-oriental, tibérico-nero– niano; en que, pudiendo todo santificarse por "el imperio de la ne– cesidad" o "la exigencia del bien público", no quedaban otro refugio, otro consuelo, otra salvación, que "la fuerza de la razón"; la razón, no de los dominados, sino del dominador, así erigido en freno único de sí mismo, con esta norma: el capricho, el absurdo, el caos. Por felicidad, eran las manos de San Martín las depositarias de tal enormidad. Y esa enormidad, como las otras -repetimos ahora, debemos repetirlo- no era, no podía ser obra del propio San Mar– tín. Obra era de sus ministros, exclusivamente de sus ministros. San Martín, extático o somnolente, dejaba hacer, se dejaba llevar.
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