Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
PRIMER GABINETE REPUBLICANO 503 XXIII Era granadino, o como ahora decimos, colombiano. Nació en Cartagena de Indias, hacia 1794, según unos; según otros, a princi– pios de 1794. Así que vino al Perú de veinticinco años; era, en diez, menor que su colega Monteagudo; y ciñó la faja de ministro de Esta– do a los veintiseis, demasiado joven todavía. Su padre, don Felipe García del Río, era oriundo de Rioja, en España; y había venido joven a América, donde, con sus condicio– nes de honradez y laboriosidad, había llegado a constituir competen– te patrimonio. Pero, sobrevenida la guerra de la independencia; des– hecho Bolívar por Monteverde en Venezuela; refugiado el porfiado caudillo en Curazao y llegado después a Cartagena, inicióse, en esta ciudad, nueva y activa campaña contra los españoles, y resur– gieron o se extremaron las persecuciones y hostilidades contra éstos. Era en 1813. El español García del Río fue expulsado por las autori– dades, que en él vieron a un adversario pudiente y en consecuencia temible; o él mismo creyó en la precisión de huir, para eludir el furor de los patriotas, que en el acto confiscáronle todos sus bienes. Em– barcóse en un buque velero que de Cartagena partía para Jamaica; y, ya próximo a llegar a su destino, sobrevino una de aquellas tem– pestades tan frecuentes en el mar Caribe: zozobró la nave, naufragó por último, y en ese naufragio pereció García del Río. Quedaron, con una y otra catástrofe, huérfanos y en la miseria los vástagos del desventurado Felipe; entre ellos, nuestro don Juan, a quien, felizmente, ya mucho antes (1802), queriendo prestarle esmerada educación, había el padre enviado a Cádiz, y confiádolo a la tutoría de un hermano que allí tenía, don Antonio, también comer– ciante, probo y emprendedor, pero furioso monarquista. XXIV La instrucción que el tío resolvió darle fue exclusivamente mer– cantil; pero maldita la vocación que el pupilo revelara para el comer– cio, carrera que acabó a cien tirones; mientras que, a hurtadillas, entregábase con loco entusiasmo e infatigable tesón, a la lectura y el estudio de filósofos y literatos, españoles y franc€ses. Placíanle, más que todos, aquéllos cuyas obras parecían haber concitado la gran :revolución de fines del siglo. Salido de las aulas, fue en el acto instalado y ocupado prosaicamente, en el escritorio de otro tío abue– lo suyo, que giraba a la sazón ventajosamente en el comercio gadita– no bajo la razón social Ruiz del Río y Cía. Había empleados en esa
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