Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
PRIMER GABINETE REPUBLICANO 493 que el distintivo anular, podían ser confiadas a meros pasantes o bachilleres empiristas. XII El público, y especialmente las casas de beneficencia, en que necesariamente había de atenderse a la clase menesterosa, resentían– se de una ignorancia y un charlatanismo, que parecían eternos e irremediables. La palabra "hospital" era algo así como una sinonimia de dolor y de muerte. Los refugios abiertos por la filantropía arras– traban vida desastrosa 1 entregados a la ignaria y el empirismo de clérigos o religiosos caritativos, curanderos estúpidos o barchilones sin compasión o sin conciencia. Ni brindaban alivio, ni servían de escuela practica: eran moradas de sacrificio, si no de especulación. La terapéutica se resolvía en tisanas y eméticos, ventosas y sinapis– mos, parches y emplastos, lavativas a tulipán y sangrías a porrillo. Toda enseñanza, toda experiencia, en establecimientos como ésos, eran imposibles. El mismo Unanue, en uno de sus opúsculos, intitu– lado ''Decadencia y restauración del Perú", habla de que la práctica médica era incipiente y de que la cirugía era conocida sólo de nom– bre, hacia mediados del siglo. Hallábase instituído el protomedica– to; pero sus funciones eran de mero expediente, y apenas si servía para la actuación de exámenes de pura fórmula, y para el otorga, miento de títulos. Juntamente con los médicos, actuaban en plena li– bertad, y hasta hallaban preferencia en la mayoría de la población, los aprendices, barberos y boticarios, los charlatanes y curanderos, los herbolarios y hasta los brujos. Imperaban los remedios caseros, y no era buen facultativo el que no vertía por sus labios una lluvia de herméticos latines. XIII Por felicidad, y a medida que las ciencias naturales y la medici– na regenerábanse y renovábanse en las naciones avanzadas, gracias a los esfuerzos y trabajos de Stahl y Hoffman, Boerhaave y Sauva– ges; Barthez, Morgagni y Haller; Bordeu y Bichat, Brown y Brous– sais, Winslow y Hunter, Grimaud y Gall, Willis y Lavoisier, Solano y Avenbrugger, Musgrovi y Torti, Lancial y Senac; Berard, Levret y Van Swieten; Jenner, el inventor de la vacuna; y el ilustre Hanemann, creador de la homeopatía, el ansia de expandir los conocimientos pe– netrando los misterios de una naturaleza ignorada, trajo a nuestras playas una serie de sabios, anhelosos de estudiar la flora y la fauna
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