Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
PRIMER GABINETE REPUBLICANO 477 ~n mente la organización de un foco administrativo, en que se con– templaran y atendieran las necesidades surgentes de la nueva si– tuación y de la aparición del Estado presunto, creó, según se ha vis– to, una especie de gabinete en campaña, algo así como un ministe, rio. político-militar, distribuído en tres secretarías; a saber: una, de hacienda, confiada a don Dionisia de Vizcarra; otra, de góbiemo, encargada a don Juan García del Río; y en fin, una secretaría de Guerra y Marina, que se encomendó a Monteagudo. En tal condición llegó este último con la expedición libertado– ra a la bahía de Paracas, el 8 de setiembre de 1820; y, muerto en Pisco de fiebres pútridas el auditor de Guerra don Antonio Alvarez Jonte, fue el mismo Monteagudo llamado al desempeño de la Audi– f oría, en reemplazo del extinto, y con el grado de teniente coronel, que en todas las circunstancias tuvo a gala ostentar en seguida. Conocemos sus primeros pasos en el Perú, hasta el momento en que el LibertaClor argentino llamólo a formar parte del primer ministerio protectora!, en el estudio de cuyo personal nos ocupa– mos actualmente. XXX Las pagmas que preceden pueden haber ya impreso en el es– píritu del lector, idea precisa, si no vigorosa, de los contornos mo– rales y colorido saltante en tan debatida como sobresaliente figu– ra histórica; esa que tanto y tan pernicioso influjo había de ejercer en el ánimo del Protector y en nuestra inicial existencia autonómi– ca; que nuestro compatriota Riva-Agüero ha calificado, en tremen– dos rasgos, de "nefasto y sombrío personaje, feroz y terrorista, án– gel maléfico de San Martín, verdugo jurídico, alma negra y despia– dada, hecha de ferocidad y lujuria, de cieno y de sangre" (27); y al pie de cuyo retrato el escritor chileno Vicuña Mackenna estam– pó este horrendo dictado: Implacable carnicero de la revolución. Acabemos de dibujarlo. Su estatura era media. El crespo y apretado cabello y la tez bronceada, denunciaban en sus venas, a primera vista. el hibridis– mo de dos sangres: española y africana; no era un moreno, sino un Anulato. Ovalado y casi siempre lívido, el rostro, sin ser hermoso, era con todo, interesante; frontal amplio y prominente, ojos negros, intensos y vivos; profunda ojera; nariz luenga, perfilada y rectilí– nea; boca pequeña; adusto ceño; mirada siniestra, torva; mirada de salteador, que dijo la dama santiaguina a quien San Martín in- (27) La Historia en el Perú, págs. 484 a 490.
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx