Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

474 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ Pudo a poco San Martín palpar aquel bochorno por sí mismo. Encontrábase en Curimón, sobre el Aconcagua, cuando llegaron a noticia suya las serias e inesperadas ocurrencias de San Luis. Púso– se inmediatamente en marcha a aquel lugar, anheloso de inquirir antecedentes y detalles de lo sucedido. Como Ruiz Ordóñez fuese la reliquia única de los conjurados, apenas llegado el prócer, hízo– le éste comparecer ante su presencia; el reo perdonado, pero ahe– rrojado siempre, apareció "doblegado por el enorme peso de una cadena que tenía asegurada en la cintura, bajándole hasta el gri– llete, qµe le impedía caminar con entera libertad de movimientos: sus ropas estaban sucias y tan destrozadas, que por todas partes se le veían las carnes. Al contemplarle en un estado semejante, San Martín se condolió de su infortunio, y, con la más profunda ter– nura, le mandó sentarse en una silla, entablando con él una anima– da conversación sobre los sucesos del día 8. Luego, cambiando de tono, pidió a los circunstantes que hiciesen venir sin demora un herrero, para desctrrajar las prisiones que le agobiaban, mandando por último que le vistiesen con toda decencia, manteniéndosele en– tre tanto arrestado en el cuartel" (26). XXVIII San Martín -que, a pesar de lo afirmado por algunos, fue com– pletamente extraño al excesivo rigor con que se castigó a los ac– tores del 8 de febrero- es claro que se impondría de cuantas cir– cunstancias habían servido de oculto r esorte a la horrenda matan– za y a las indisculpables ejecuciones surgentes del hecho; y, no cabe duda, debió de sentir asco profundo -ese mismo asco que experimentar,nos nosotros- ante la conducta de su antiguo secre– tario. No consta cuál pudo ser su actitua en la probable entrevista que éste volvería a solicitar para sincerarse de sus yerros; pero el hecho de haber continuado el confinamiento hasta fines de aquel año (1819) demuestra, o que el prócer quedó poco satisfecho de los descargos del inculpado, y persistió por eso en su primitivo enojo; o que eludió, con una nueva negativa, toda oportunidad de audiencia y explicación. Sólo en noviembre convino en que Monteagudo se trasladase mismos o formas dubitativas p r oporcionadas a la simpatía o admir ación que les inspira su héroe no hacen un misterio de los sospechosos perfiles que en esta ocasión afean su figura. (26) Fregueiro, op. cit., págs. 245 y 246;

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