Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

PRIMER GABINETE REPUBLICANO 473 to a utilizar, para saciedad de su odio, para satisfacción de sus tor– pes apetitos, para indigna alegría y oprobioso triunfo de su pos– posición y de sus celos, la triste suerte de un rival caído y el duelo amargo de un corazón traspasado por la perspectiva de su pérdida. Para eso y por eso hizo postergar primero la ejecución de los ofi– ciales en capilla, en cuya compañía debía perecer Juan Ruiz Ordó– ñez; por eso, a la victimación de los mismos, mandó llevar, como testigos y espectadores, a fin de sacudirlos con el temor, al asistente infortunado y al impresionable adolescente; por eso, y para herir la fanta~ía y el corazón asustadizo de la hembra codiciada, mandó poner nuevamente en capilla a los dos reos y fijar como fecha de la ejecución definitiva el 19, prolongando así, hasta ocho días, la horrenda espera de una eliminación temprana, en plena vida, en plena eflorescencia de placer, de ilusión, de esperanza y de ju– ventud. . . Y el 19 -a la vez que, con el desprecio feroz de su insig– nificancia sentábase en el banquillo al pobre soldado- poníanse en manos del subteniente un memorial, no sólo vergonzoso, sino abyecto y cínico, plagado de frases hirientes, condenatorias de la conducta de sus compatriotas y compañeros (24), dirigido a im– plorar la blandura y misericordia de sus verdugos. XXVII Aceptado por la esperanza y suscrito por el terror, ese docu– mento fue obra del malhadado Monteagudo. Este expidió al fin in– forme favorable a la instancia del reo, a quien, dijo, se podía bien atender "para ahorrar al menos una víctima", ¡sólo una víctima! Dupuy otorgó el indulto, para el cual hallábase facultado en circunstancias extraordinarias como aquéllas. El perdón vino en ofrenda al llanto y a los ruegos de la hermosura ansiada; pero envuelto en la humillación, el deshonor y la vergüenza, que no eran por cierto lo que esa permosura pretendía: desdoroso beneficio, precio quizás de una loca esperanza, no realizada nunca para hon– ra de la protagonista, como demostráronlo el maltrato y la mísera condición en que, tras el indulto, ya irrevocable, se mantuvo al mi– serable prisionero (25). (24) Allí el sobrino llegaba a decir del brigadier Ordóñez que "se le con– ducía al suplicio por respetar a un tío inhumano". Autor y op. cit., pág. 242. (25) Los detalles anteriores, aunque no basados por su propia índole en documentos, fueron siempre de tradicional notoriedad en la región argentina que les sirvió de teatro; y los biógrafos de Monteagudo, si bien con los eufe-

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