Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
472 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ mantener el orden, las inmediaciones de la cárcel, se ven aún em– papaaos en la sangre de los conspiradores: ellos mismos buscaron su sepulcro: no bar, querido dejar duda de sus criminales intentos". Por supuesto, y como siempre, pidió y obtuvo la aplicación a los reos de la pena capital. El 11 y el 15 se ejecutó la condena: el 11 fue fusilado el cocinero de Dupuy. El 15 se pasó por las armas a los capitanes González, Sierra y Arriola, y a los subtenientes Vidau– rrázaga, Cabello y Riesco. "Sus cuerpos, dice un historiador, perma– necieron colgados hasta la tarde, en pública expectación y se man– dó iluminar todas las casas durante dos noches consectivas" (23). XXVI ¿Por qué el 11 mismo, a la vez que el cocinero de Dupuy, no fueron ultimados todos los reos? ¿Por qué el 15 lo fueron todos los oficiales, menos Juan Ruiz Ordóñez y el soldado Moya, asistente del tío de éste? ¿Por qué se dejo pasar cuatro largos días entre esa primera ejecución solitaria y esta otra, simultánea y aparato– sa de seis militares valerosos, dos de ellos mortalmente heridos, cuya victimación, desaparecido el grueso de los conjurados, era tan cruel cuanto innecesaria, porque ya no tenía en su favor ni las exigencias del peHgro y su prevención, ni las proyecciones del es– carmiento? ¿Por qué el 19, es decir, después de otros cuatro días, se fusilaba al asistente, soldado único y desvalido, y se dejaba vi– vo, en expectación desesperante, al joven y desventurado adorador de la Pringles? ¿Qué misteriosa y poderosa mano era esa que, sin conceder el inmediato y noble remedio del indulto, jugaba así complacida, a la manera que el felino con el roedor, miserable co– media de inminente amenaza y de aplazamiento, de compasión y severidad, de perdón y rigidez inexorable, de esperanza y desilu– sión, burlando la inviolabilidad de las ejecutorias, los términos y formalidades del proceso, la seriedad de las leyes y la ciega inflexi– bilidad de la justicia? ¡Ah! esa mano era la de Monteagudo, gozoso con el martirio del amado y la dE,seperación de la amada; ansioso de la humilla– ción y la infamia de aquél, de las súplicas y lágrimas de ésta; aten- (23) Fregueiro, op. cit., págs. 207 y sigts. Dos de los oficiales fusilados hallábanse mortalmente heridos. Hemos preferido, con ligeras variantes, sa– cadas de otras fuentes, la versión de Fregueiro, que escribió la parte correspon– diente de su obra en presencia y con vista del proceso original, archivado en Buenos Aires y constante de fs. 74 .
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