Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
470 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ La fracción encargada de embestir el cuartel de c1v1cos, sor– prende a la guardia, se introduce puñal en mano, sostiene viva aunque breve lucha con los soldados y, dispersos o heridos éstos, logran apoderarse de la prevención o sala de armas y así supedi· tar lo más espinoso de la empresa; pero, a los gritos de ¡asesinan al gobernador! y ¡a matar chapetones!, que resuenan por todas partes, se detienen, vacilan, pierden un tiempo precioso, y dan cam· po a la reacción de la soldadesca y a la explosión popular, que surge instantáneamente. Dupuy, entre tanto, ha recibido a sus madrugadores visitantes, sospechoso y frio, aunque atento. Aquellos le saludan, le rodean, y, en movimiento rápido y repentino le apresan y le intiman la ren– dición de la plaza. Dupuy pretende defenderse, y es desarmado. Su secretario Rivera, que intenta resistir, cae herido. El médico espa– ñol Gómez, que está presente y que desconoce el complot, parte en carrera desalada y atraviesa las cafü~s, sin destino ni rumbo, co· mo un loco, a los gritos de ¡'matan al gobernador!- El pueblo se indigna, corre, se arma, se agrupa, e invade furioso la tenencia gobernación en aefensa de la autoridad, que juzga ultimada o ame– nazada de muerte. Dupuy, cuya vida ha sido sagrada para los con– jurados, es por éstos exhortado a protegerlos. El irritado tenien– te, que, en medio de todo, ha dado pruebas de olímpica serenidad, finge acceder y exige un arma con que imponerse a la excitación de sus paisanos; pero, vengativo y feroz, abre las puertas y ordena degollar a cuantos chapetones hállanse dentro. Primo de Rivera coge una carabina, la muerde y se vuela el cráneo. Ordóñez, Carre– tero, Morla, Burguillo, son asesinados a sangre fría, ni siquiera in– tentan hacer la menor resistencia. Dupuy, con el sable que los apre– sadores le han proporcionado para su protección y defensa, degüella a Margado con su propia mano, y arroja a lo lejos la cabeza des· prendida y chorreante de la víctima. La multitud, enfurecida, exci– tada a la vista y con el olor de aquella sangre, sale de la goberna· ción al grito de ¡a matar godos!; se derrama por calles y plazas; coge a los retrasados y atónitos asaltantes de la cárcel, al grupo en– cargado de atacar la casa de Monteagudo, y a la partida que, adue· ñada del cuartel, se bate encarnizadamente contra el elemento mi– litar reaccionado y vuelto a la carga. Persigue, acorrala, desarma, insulta y degüell~. La carnicería es horripilante. Rabia, sangre Y muerte, imperan donde quiera. Todos. los sublevados perecen, Y apenas si por milagro escapan unos ocho, a quienes, · pasada la primera excitación, se apresa y procesa en el acto. Por supuesto
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