Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
468 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ cen la desgracia y la adolescencia. Herido por el áspid de los ce– los, lastimado en su ilusión, en su esperanza y en su orgullo, Mon– teaguao jura venganza, y a lograrla consagra todos sus sentidos y sus potencias. XXIII A los pocos días, y por consecuencia de la diabólica e infatiga– ble labor del furioso tucumano, el teniente gobernador Dupuy hase convertido en otro hombre, y sustituido su antigua tolerancia por una hostilidad tanto más hiriente cuanto aparece más súbita e inexplicable. Los presos reciben~ primero, la dura orden de no salir en las no– ches de su alojamiento. Después escuchan, atónitos e indignados, la prohibición de visitar a familia alguna, ni aun durante el día. Ven– se así condenados a una reclusión semiconventual -ellos, que no tienen otra distracción, otro consuelo que el comercio social– y entregados al aislamiento de los grandes criminales, como si, por arte de magia, hubiesen, en contadas horas, tornádose indignos y peligrosos. Bien conocen la causa y calculan las proyecciones del cambio; y, por supuesto, protestan irritados contra la indecorosa pasión en que aquél tiene su origen. Casi simultáneamente, viéneles nueva del levantamiento de montoneras realistas en Chillán y otros lugares del sur de la fron– tera; suceso que juzgan presagio de una posible reacción. También les llegan comunic~ciones secretas de Carrera y Alvear. Datadas en Montevideo, dondE: han ido a buscar asilo los dos conspiradores, unidos por la similitud de carácter y por la comunidad de suerte, tráenles exigente solicitud de cooperación, en verdad valiosa, para determinados planes políticos. Una y otra circunstancias tientan su ira y su desgracia, y despiertan su fantasía a la idea de planes en que vendrá oculta su pérdida. No consta por cierto que los pri– sioneros aceptaran las propuestas de Carrera y Alvear; pero sí sá– bese que las utilizaron, como cosa real, para, con el mentido apo– yo de ambos agitadores, decidir a aquellos de sus compañeros que mostráranse tibios e indiferentes. Como, ante las medidas hóstiles de Dupuy, no disimulasen su disgusto y sus protestas, llueven los chismes. Monteagudo se ve así secundado por otra fuerza subterránea: la antipatía y las calum– nias de los cívicos nacionales contra los chapetones, preferidos de la sociedad y, más que todo, de las mujeres, que sólo abrigan para aquéllos frialdad y desvio. Dupuy se enfurece. Dondequiera vierte
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