Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

PRIMER GABINETE REPUBLICANO 467 la dudosa generosidad de adversarios poco o nada complacientes. Así andan las cosas, cuando, a fines de 1818, se presenta .Mon– teagudo (3 de noviembre). En el acto constituyóse en sombra inse– parable, en consejero obligado y director espontáneo de Dupuy. Sin otra causal oue su ·antiguo rencor contra los peninsulares, co– mienza por extrañzlr, continúa por vituperar y acaba por exigir que se circunscriba la ilimitada libertad que dentro del poblado se les ha, hasta entonces, consentido. Emplea en su desmandado empe– ño la intriga y el miedo, el chisme y la lisonja: principalmente es– ta última, a la que Dupuy, resuelto y valeroso, mesurado y bené– volo, es a pesar de todo muy afecto. Esta zapa implacable llega a su período álgido con el motivo siguiente.• XXII Hay en San Luis una familia de origen británico: la del futu– ro vencedor vencido en Pescadores: la familia Pringles (21); foco de seducción y de encanto para los prisioneros, porque en su seno respiandecen tres mágicas estrellas del cielo puntano: las herma– nas del héroe: Ursula, Melchora y Margarita. Esta última, sobre todo, es un dechado de hermosura: esbelta y airosa; llena a la vez de majestad y de gracia; de negros ojos, "rasgados y chispeantes"; con la tez alba y rosada, límpida y aterciopelada de una georgia– na; con la célica idealidad de las hijas de Albión, y la ardorosa ternura de las mujeres de Andalucía. Todo es verla Juan Ruiz Ordóñez, el joven sobrino del briga– dier hispano, y concebir por ella amor intenso, que frisa con el de– lirio, con la admiración. Lo propio sucédele a Monteagudo; sólo que, en la pasión del vehemente americano, arden las ansias del camal deseo, encendido por su lujuria proverbial; mientras que, en la naturaleza naciente del adolescente peninsular, predomina aquel fuego virginal y puro con que el alma llamea en la primave– ra de la vida. Sorda lucha, duelo invisible, pero a muerte, empéñase entre los dos rivales, codiciosos de aquella belleza peregrina. Monteagu– do gime, exhorta, suplica, ruega. La beldad de sus ardientes ensue– ños se muestra indiferente. Monteagudo torna a la carga: no es co– razón el suyo que ante obstáculo alguno caiga en el desaliento. Al fin vese repelido por rechazo perentorio, en que la ingrata expresa paladinamente la preferencia que de ella reclam~n y que le mere- (21) Véase las págs. 198-201 del tomo III.

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