Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

466 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ tada sobre un plano extenso, yermo y despoblado; y, en consecuen– cia, completamente aislada de sus vecinos. Ubicada, no obstante, hacia la frontera argentino-chilena, al alcance de los dos gobier– nos, y por eso fácilmente accesible a su vigilancia, medios y fuer– zas, se la escogió, ya que no era conveniente hacerlo en Mendoza, para lugar de depósito y confinamiento de los jefes y oficiales es– pañoles vencidos y tomados en la campaña lioertadora de Chile. Después de la victoria de Chacabuco, allá fueron enviados el últi– mo presidente colonial, mariscal don Francisco Marcó del Pont, y su teniente genera) González de Bernedo; y obtenido el triunfo de– cisivo de Maipú, fuéronlo asimismo el brigadier don José Ordóñez, vencedor de Cancharr~ada; su jefe de E.M. G. coronel Joaquín Primo de Rivera; el comandante del regimiento Burgos, teniente coronel Lorenzo Morla, y otros oficiales subalternos. Entre estos últimos contábase al teniente don Juan Ruiz de Ordóñez, sobrino del brigadier; joven de dieciocho años, apuesto y bien parecido que, por su infortunio, adolescencia, hermosura y maneras, fue pronto, entre las graciosas mujeres del lugar, objeto de simpatías y preferencias. Llegados a San Luis, y debidamente recomendados por el general vencedor y por los directores supremos de Chile y de La Plata, el teniente-gobernador del lugar, coronel don Vicente Dupuy, tratólos con toda clase de consideraciones y dióles la villa por cárcel. Visitaron la sociedad de ésta, y entraron en frecuente Y amistoso contacto con las familias más salientes; atrajéronse, con su llaneza y cualidades, el afecto general; y sólo encontraron mar– cada prevención e:p. el bajo pueblo, especialmente en los oficiales de la fuerza cívica, celosos de la distinción social acordada a hués– pedes que, en todo caso, representaban el poder humillado, pero odioso siempre, del régimen recientemente caído. XXI Deslizábase la existencia de los pns10neros tranquila, y hasta cierto punto dichosa, abandonada al halago sincero de la sociedad puntana, y escondidos en aquella suave penumbra de la vida pri– vada, dulce y acariciadora para quienes acaban de soportar las re– cias sacudidas de una fortuna adversa. No la miseria, puesto que recibían los auxilios necesarios; pero sí la limitación de estos mis– mos y aquella libertad, siempre amable, de que, no obstante su in– traurbana soltura, dolorosamente carecían, excitaban en ellos la natural melancolía de toda cautividad a inseguro o lejano término, y, más que todo, dependiente, en tiempo y espacio, del capricho Y

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