Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

PRIMER GABINETE REPUBLICANO 465 El general San Martín, según esto, había, de propia mano, sido el ejecutor de la sentencia. Y oigamos los consejos que dicho gene· ral, en esa misma carta, dirige al Director chileno, con este motivo: "Ahora, amigo mío, debo hacerle presente que, con los ejemplares de Monteagudo, de Vera y otros hombres falsos como éstos, debe usted moderar su natural bondad, que lo lleva a proteger a unos sujetos que, no guardando ley con nadie, no pueden producirnos otros resultados que repetidos comprometimientos. Por fortuna, hasta aquí se han cortado los males en su origen, descubriéndolos a tiempo; pero no puede aprobar la prudencia que nos exponga– mos en adelante a iguales peligros. Los que una vez fueron malos, debemos temerles siempre, alejarlos del lugar donde pueden dañar y no creerles unas protestas que no les arranca el escarmiento, si– no la necesidad" (20). La mano que estampaba esta última sentencia y que así conde– naba imparcialmente la conducta del secretario desertor, fue , sin embargo, la misma que le llamó, para ministro y consejero, tres años después, en 1821. Ni temió al hombre que calificaba de falso y malo; ni lo alejó del teatro de sus glorias, en que le haría tanto daño. Antes bien, dejóle obrar a su arbitrio, consintiendo en que aquel hombre le produjese "repetidos comprometimientos". El ha– bía de lastimar y amenguar el prestigio del Protectorado; preparar su caída, no por voluntaria menos inevitable; y apresurar la me– lancólica hora en que, abandonando su misión, descendiese San Martín y se apartase del poder, para luego eliminarse en la oscu– ridad y el ostracismo. XX Triste destino el de Monteagudo. Allí, en su confinamiento de San Luis, llamado estaba a intervenir en otra ruidosísima trageciia, tan siniestra y hn lúgubre, como aquellas dos que ya conocemos. Odioso es rememorar esta serie de actos y sucesos, ciertamente las– timosos, que quizá den a nuestra pluma un tinte de prevención de que está felizmente libre; pero lo exige esa imparcial severidad de la historia, y la presentación completa y necesaria del personaje, en sus obras y en sus antecedentes, en sus méritos y en sus extra– víos. La villa denominada Punta de San Luis, perteneciente a la pro– vincia argentina de Cuyo, cuya capital era Mendoza, hállase levan- (20) Iñíguez Vicuña, Monteagudo, pág. 73 y sgts.

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