Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

462 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ desamparo en que ha de dejarle su apartamiento del general argen– tino; y desertado de nuevo moralmente de su patria, determina pa– sarse al servicio chileno, y para ello acogerse, como desde luego lo hace, a la protección de O'Higgins. Llegado al pueblecillo de La Guardia, y antes de pasar la próxima frontera, sabe que el presun– to Director ha arribado a Santiago, y en el acto le escribe: "Tenga usted la bondad de comunicarme sus órdenes a Mendoza, de don– de regresaré, sin pérdida de tiempo, si usted cree útiles mis ser– vicios. Deseo mostrar toda la energía de mi carácter, pero con fru– to y bajo la administración de Usted". Dicho y hecho. Y va a Men– doza, y allí muestra, como hemos visto, toda la energía de su carác– ter, y obtiene ópimo y provechoso fruto en la eliminación de los infortunados Carrera. Porque calcula o conoce que O'Higgins ha de complacerse con la desaparición de sus odiados y temidos émulos, oendiciendo en lo íntimo del alma, la mano apartadora de aquellos estorbos interpuestos en su camino. Así que ruin sentimiento de acomodo, rasgo abyecto de adulación servil, son los únicos inspira– dores de esa repentina e inusitada ferocidad que su frío corazón despliega contra las innecesarias víctimas. ¿Cómo explicar de otro modo su extraña conducta? XVI San Martín, ya vencedor en Maipú y organizado un gobierno es– table en la república chilena, con O'Higgins por Director Supremo, pasa por Mendoza a Buenos Aires, en pos de las últimas combinacio– nes, disposiciones y aprestos para la expedición libertadora del Perú. Monteagudo se presenta en su alojamiento a saludarlo. San Martín se niega a recibirlo. Herido por este desprecio o desvío de su an– tiguo jefe, pero tranquilo y gozoso con la perspectiva que le ofrece la buena voluntad de O'Higgins, desciende nuevé'imente de los An– des -la mano ensangrentada sobre la tensa rienda- y se presenta en la capital de Chile. Es amistosamente acogido. Colabora en la Gaceta; dispone de irtfluen~ia en el ánimo del Director; y, aunque en su frente negree la mácula de Cliancharrayada, su reputación de hombre de talen– to y útil, ábrele las puertas de un risueño porvenir. A poco se le ofrece nueva oportunidad de prestar al Director otro sangriento servicio.

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