Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

PRIMER GABINETE REPUBLICANO 461 tes ocurridos en Mendoza; y así, delicadamente, elude el compro– miso. Estos traslados y remisiones, que significan intolerables mo– iatorias, exasperan el ánimo de los presos. Esa exasperación favo– recerá los ocultos anhelos del Dire~tor chileno, que persigue la eliminación de sus temidos contrarios por interpósita mano y, co– mo siempre, hipócritamente. El más ardoroso de los hermanos, el más jóven, noble y magnánimo, Luis, inicia un proyecto de eva– sión y de libertad, de lucha y de castigo. Gánase a algunos de sus 'cancerberos. Este fácil comienzo extiende y acentúa sus planes. Pretende apoderarse por sorpresa del cuartel de la Cañaaa, que le sirve de cárcel; :itacar al intendente Luzuriaga; cogerlo, lo mismo que a las autoridaaes d~ San Juan y de San Luis; buscar en ambas poblaciones si es posible y necesario, la cooperación de los prisio– neros españoles; entenderse y aliarse con los indios araucanos del cacique Venancio; levantar así una fuerte división invasora, y con ella lanzarse s.obre Chile. ¡Delirios de cautivo, sueños de faccioso! Denunciado el descabellado complot a Luzuriaga, en la noche de la víspera (25 de febrero 1817), se redobla la vigilancia y arrecia la prisión. Con la denuncia iníciase otra causa, por los delitos de fuga y rebelión; causa, ésta, ya exclusiva y propia de la jurisdic– ción argentina. Luis condénas~. en sus deposiciones como único culpable, para salvar a su hermano Juan José. Se encomienda la defensa de los dcblemente encausados al abogado chileno Manuel Vásquez de Novoa. El defensor despliega todo esfuerzo por sus pa– trocinados. Pide para ellos la pena de expulsión: ''Alejarlos de Chi– le, origen de su primera luz, cuna de sus días, fuente de sus glo– rias", será, para los inculpados, la mayor, la más dolorosa de las penas. En esas circunstancias, llega Monteagudo; Monteagudo, cuya intervención diabólica y eficaz hemos ya anotado; Monteagudo, azu– zador vivaz, copartícipe feroz en el superfluo sacrificio; Monteagu– do, "cuyo nombre-decía el otro hermano, José Miguel Carrera, en el terrible manifiesto que, a la noticia del horrendo desenlace, publicó en su refugio de Montevideo- pasarla a la posteridad mar– cado con el sello de los asesinos". XV En su camino a Mendoza, al trote tardío y fatigoso de la caba– llería en que escala la cordillera, sospechoso del enojo y desprecio con que San Martín ha de mirar su deserción y fuga de Cancliarra– yada, Monteagudo piensa en su inseguro porvenir; contempla el

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