Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
458 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ XIII Efectivamente, en Mendoza, y en los instantes precisos para ejercitarlos en toda su exacerbación y desnudez, recobra su sere– nidad para el mal, .su audacia para la represión, su valor frío y cruel ante la desgracia, ante la sangre, la desperación y 1a elimina– ción de los caídos. Preséntase en los momentos en que el juez fis– cal de los Carrera prepara la acusación. Monteagudo presta su plu– ma para redactarla, y solicita la imposición de la pena capital. Lla– mado a dictaminar, en unión de los letrados Vargas y Galigniana, sobre la urgencia de resolver la lúgubre causa, lo hace en el sen– tido de su termim~ción sumarísima, violatoria de la ley, y especial– mente de las gar.llltías judiciales, so pretexto de los grandes peli– gros que amenazan, dice, la causa de la libertad. Aun llega a exhor– tar al juez Luzuriaga, gobernador de Mendoza, a la ejecución in– mediata de la sentencia, dejando para después de esa ejecución el dar la debida cuenta a la superioridad. Temía el presunto verdugo de los Carrera que Pueirredón o San Martín, almas generosas y lea– les, interviniesen en el asunto, y aplazasen o destruyesen sus sinies– tros planes. El mismo día (7 de abril), Luzuriaga nombra aseso.. res a los letrados antedichos. Excúsase Vargas; pero Monteagudo y Galigniana redactan la sentencia, que presentada el 8 de abril, recibe el cúmplase del gobernador con esa misma fecha, a las dos y media de la tarde. En ella se decreta la ejecución inmediata, no obstante cualquier recurso de apelación; y se tiene el cinismo de declarar que se procede, sin embargo de "no haberse consult~do en favor de los reos los medios ordinarios que pudieran disminuir el rigor de las leyes". La firma de Monteagudo, asesor siniestro de ese juez sin justicia y sin entrañas, revela, al pie de la clamorosa sentencia, el estado de ánimo en que encontrábase el fautor de tan grande iniquidad. Oigamos a uno de sus biógrafos. "La rúbrica -di– ce, en presencia del proceso original- es un rasgo enérgico, du– ~o y rápido a la vez, como si temiera el curso fugaz de los minu– :tos, de los segundos, de la más ínfima medida de tiempo: acusa, no la impasible frialdad del juez que mata en nombre de la ley, Monteagudo. Véase el relato de Fregueiro, ob. cit., págs. 153 a 155. Este autor, en otro pasaje y a la letra, dice: "El general del Ejército Unido le buscaba (a Monteagudo) en vano para redactar comunicaciones y expedir órdenes a sus subalternos: el secretario de San Martín se ocupaba de espolear con ar~ doroso afán la mula que lo conducía y de salvar, en el más breve tiempo po– sible, los ásperos desfiladeros de los Andes", Id. id., pág. 169.
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