Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
PRIMER GABINETE REPUBLICANO 455 la caída. La provincia de Mendoza elígelo su diputado al Congre– ~o próximo a reunirse (1? de octubre). El Gobierno, que detestaoa al tribuno, que palpa 'los tremendos efectos de su oposición, que no quiere ver ésta encaramada en daño suyo sobre las tribunas de ia asamblea legisbtiva, pone un veto a la elección, descalifica al elegido y, ciego por la inquina, llega al increíble extremo de man– dar que el Cabildo bonaerense le designe un sustituto. Mendoza, que así ve pisoteada su soberanía, protesta ruidosamente. Buenos Aires se conmueve. La crisis se produce. El triunvirato cae. Montea– gudo desempeña en el ruidoso suceso el papel preclaro que le im– ponen las circunstancias, y su derecho amparado por la justicia. Su actividad y su pluma se multiplican. El mismo redacta la famo– sa solicitud que el pueblo bonaerense presenta al Ayuntamiento. Es también el primero que en ella estampa su firma. Convócase a una Asamblea general constituyente. Monteagudo se incorpora en ésta como personero de la altiva Mendoza Ct31 de enero 1813), que le eli– ge segunda vez. XI De un salto se interpola entre los dirigentes. Considerado co– mo la primera pluma de la revolución, la Asamblea le confía su órgano, El Redactor. Con el mayor renombre que le conquistan sus artículos y discursos, es, a fines de 1814, figura prominente de la nueva patria. Hácese amigo íntimo de Alvear, y conviértese en uno de sus más acérrimos partidarios. Para servir los intereses de su ambicioso corifeo, apoya frenético la sustitución del Triunvirato por el Directorio; y con todas sus fuerzas contribuye a la elección de primer Director, que recae en el tío de Alvear, don Gervasio An– tonio Posadas. Su influencia se torna predominante. Pero sus ideas dan un vuelco al tropezar con la altura. El furio– so liberal, ese que pretendía ahogar en sangre toda representación del coloniaje, todo asomo de servidumbre, salta al contrario extre– mo, por ese fome_~ de inconsecuencia y de contradicción que pálpi– ta en las entr;:µías de todo fanatismo. Comienza a creer en los pe– ligros y excesos de la libertad, y se consagra a la propaganda y a la labor de maniatarla. Primero demagogo, después federalista, más tarde demócrata unitario, empieza a hablar de gobiernos fuertes, y hasta a ensalzar las monarquías constitucionales, como la ingle– sa, "tipo, dice, de los pueblos libres, por la excelencia de su forma mixta". Asegura persistir en su amor y en su culto por la libertad: pero, "viendo los principios en que abunda el camino por donde
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