Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

454 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ de Declamación, desató como un torrente sus ideas extremas y sen– timientos casi feroces. El ambiente juvenil, y por eso ardoroso e irreflexivo que le envolvía, prestó aplauso a su propaganda y envol– vió al propagandista en un nimbo de aprecio y hasta de prematura gloria. "Yo no temo, decía el jov'en tribuno, yo no temo hablar es– te lenguaje, aunque se irriten contra mí las furias del Averno: ¿qué podrá sucederme? ¿Perder la vida? ¡No importa.! Cinco meses la he ~alvado del confücto de la muerte. No deseo existir mientras mi patria esté envuelta en el oprobio. Patria mía, si yo conociese que mi brazo tenía bastante fuerza para aniquilar a todos tus enemigos, ahora mismo tomaría un puñal aunque mi sangre se mezclase des– pués con la de ellos, y mis últimos alientos fuesen las exequias de íos suyos". A poco fue aclama~o secretario de la Sociedad, y escaló dos veces su presidencia. Imprimió el fuego de su palabra y de sus ar rebatos en las animadas discusiones de principios y reñidas con– troversias políticas que los acontecimientos del día provocaban con frecuencia en las sesiones. Así encontró nuevo espacio y osten– sible palenque a sus ideas, y pudo prometerse mayor éxito para sus planes de grandeza y de odio. X La efervescencia interior arrecia. Las dos instituciones a que Monteagudo pertenece, la Gaceta. que él redacta y El Censor de su propio émulo Pasos Silva, conviértense, ante los desaciertos y ex– tralimitaciones del Triunvirato, en focos y flámulas de cerrada opo– sición. El gobierno hostiliza: a la Sociedad Literaria, que se disuel– ve al año apenas de constituída; suprime aufocráticamente los pe– riódicos que le fustigan, y funda la Gaceta Ministedal. Acrece la exacerbación de los ánimos, y Monteagudo, a favor de ella, da a luz el Mártir o Libre, hoja vivaz, sangrienta, de doctrinas libérrimas y por eso eminentemente popular, en que se plantea de lleno el iJroblema de la emancipación argentina, decisiva, franca; y se ero· biste, sin consideración ni tregua, contra las tendendas conserva– doras o parsimoniosas del órgano oficial. La pluma del tucumano ardoroso, libre de las trabas que, hacía poco, le impusiera la redac– ción a sueldo, pagado por el Tesoro, cobra nuevo vigor con la inde– pendencia de su dueño, chispea y truena olímpicamente, sella su paso dondequiera con estallidos luminosos. Esa pluma, se dice, es· grimíase simultáneamente en El Grito del Sud. El triunvirato tam– balea, y en cierto modo Monteagudo es el tropiezo capital que trae

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