Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
452 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ Con sus altas dotes intelectuales, con su palabra atrayente, con su admiración y su aplauso, su decisión o su intriga, vémosle in– mediatamente conquistándose la simpatía y la protección de Cas– telli. Entra en escena como su auditor de guerra y luego como su secretario. En esta última calidad, aparece autorizando el armisti– cio de Laja 06 de mayo 1811); concesión imprudente que trajo consigo el desastre de Yauricoragua, Huaqui o el Desagüadero (20 de junio). Tras ese descalabro, preséntase en Buenos Aires, sin du– da en compañía de su jefe. Está en la flor de la edad: veintiséis años. VII La perla del Plata ofrece teatro amplio a su audacia y brillan– tes dotes. Y, efectivamente llega en ella a alcanzar figuración im– portante. Desde luego, toma a su cargo la redacción de la Gaceta ( 13 de diciembre de 1811); hoja con justicia llamada tribuna de la revolución, y en cuya dirección se han sucedido patricios tan ilus– tres como Mariano Moreno, el deán Funes y el Dr. Pedro José Agre– lo. Inferior al primero, imprime en esa publicación todo el brillo :perdido bajo la regencia de los dos últimos. Allí defiende a Castelli contra los furiosos ataques que, en las columnas de El Censor, le dirige la enérgica pluma del malogrado Pasos Silva. Procesado el im– placable jefe, es su antiguo secretario llamado a deponer acerca de su conducta; y, como entre las inculpaciones que se le hacen, se in– cluye extrañamente la de su deslealtad a Fernando VII, Monteagu– do da a los jueces esta respuesta, digna del héroe de Leucres y que la admiración pública transmite de boca en boca acrecentando su naciente prestigio: "Es cierto, dijo: cometió el delito de atacar el po– der de los reyes de España, y pecó defendiendo la patria y la inde– pendencia". VIII Hace de la Gaceta una cátedra, desde la cual, con las llamara– das de su orgullo, despide y difunde la luz funeraria de sus ideas y sentimientos terroristas: "Jamás, dice ( 13 de marzo de 1821), he creído agradar a todos; esto sería una locura. Tampoco he dudado de que agradaré a algunos, y no es extraño. Escriba con belleza o con desaire, pronuncie errores o sentencias, hable con franqueza o. con parcialidad, sé que mi intención será siempre un problema pa– ra unos; mi conducta, un escándalo para otros; mis esfuerzos, una prueba de heroísmo en el concepto de algunos. Me importa todo muy poco, y no olvidaré lo que decía Sócrates: los que sirven a
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