Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
PRIMER GABINETE REPUBLICANO 451 Está fuera de duda que Monteagudo tomó activa participación en la primera de esas sublevaciones. Habiendo, según unos, marcha– do a Tupiza en misión especial, impartida por la Junta Revolucio– naria de la Plata; o, según otros, ido allá en comisión de la Junta Tuitiva de La Paz, fue aprehendido por el gobernador de la citada villa, cargado de grillos, procesado por rebelde y por traidor a su rey, y condenado al último suplicio. Ignórase la manera como pudo escapar de condena semejante, si por fuga o por indulto; pero es evidente que en aquellos días se le infligieron toda clase de marti– rios; y que, a partir de tales momentos de prueba y de suprema aflic– ción, prendió en su alma, apasionada y rencorosa, odio profundo, prevención invencible contra los españoles, a los que juró venganza implacable y eterna. VI Preso estaba todavía a principios de 1810. A fines de dicho año hallámosle, enrolado en las filas del ejército patriota, mandado por Bálcarce y Castelli, presenciando gozoso la ejecución del general Nieto, presidente de Charcas; de Sanz, gobernador de Potosí, y del coronel Córdova; jefes, los tres, de las fuerzas españolas que salie– .ron a cortar el paso de las invasoras argentinas. Al pie de aquel cadalso, que inútiles represalias levantaran so– bre las argentíferas quiel?ras de la opulenta Potosí, fue donde Mon– teagudo debió de empaparse, con fruición de pantera, en el terri– ble ejemplo de ese odio5to Castelli, incapaz de compasión y aferra– do, por gusto o por sistema, a la retaliación y al castigo. Así des– pertarían los feroces instintos del futuro incansable represor; alma siniestra destinada a intervenir, fatídica, lúgrubremente, en todas Jas tragedias americanas de su tiempo; mano negra que la poste– ridad sorprende entre las tinieblas, empujando al abismo las sombras dolientes de González y Sierra, Riesco y Arriola, Vidaurrázaga y Ca– bello, Rodríguez y los Carrera, Mendizábal y Jeremías; pluma y ta– lento diabólicos, solícitos y prestos para procurar o apresurar la pér– dida de los caídos ... No exageramos. Esa pluma por sí misma, se ha encargado de denunciar ante la historia su gozo satánico en pre– sencia de aquella primera sangre que en Potosí saltó a su vista: "Y o, dijo, me he acercado con placer a los patíbulos de Sanz, Cór– dova y Nieto, para observar los efectos de la ira de la Patria y ben– decirla por su triunfo" (7). (7) Artículo publicado en el periódico Mártir o libre de Buenos Aires, nú– mero 8, del 25 de mayo de 1812.
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