Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
450 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ bienio después que el primero, graduóse de Bachiller en 3 de junio ele 1808, y coló el grado de doctor in utroque jure el 22 de setiem– bre del mismo año (6). Parece que, ante el glorioso sacrificio de Murillo, y al eco de las proféticas palabras que vertió éste desde el patíbulo al ofren– dar la vida por su patria, prendió en el alma de Monteagudo el sa– cro fuego del amor por la libertad, y emergió en su volunt~d enér– gica la inquebrantable resolución de defenderla con su voz y con su pluma, entregarle su actividad y su vida, y trabajar por ella sin descanso. Sus primeros actos y pasos en ese sentido, aunque poco conocidos o confusos, prueban que, desde 1809, no dejó ocasión ni ejercitó esfuerzo en los que no hubiese cumplido su palabra. V Hallábase todavía en Chuquisaca, cuando en esa ciudad estalló la rebelión del 25 de mayo de 1809, que, so pretexto de protestar con– tra ciertas maquinaciones conducentes a colocar en el trono de Fer– nando VII una testa de la casa de Braganza, atacó el palacio del Presidente, teniente general Ramón Pizarro; apresó a éste; entregó el gobierno civil al oidor decano de la Audiencia; y confió el man– do mil.itar a nuestro conocido, entonces coronel don Juan Antonio Alvarez de Arenal~s , el vencedor de La Florida y del Cerro de Paseo. Sabido es que esa rebelión, y la de Murillo en La Paz, iniciada el 16 del siguiente julio, fueron a poco debeladas, respectivamente, por los generales Nieto y Goyeneche, enviados con fuerzas compe– tentes al teatro de tan ruidosos sucesos por los virreyes Abascal del Perú y Cisneros de Buenos Aires. da visos de certidumbre a la versión de que doña Catalina, en sus años pri– meros, fue fámula del canónigo chuquisaquense. El cariño que a Monteagudd profesó este último y que dio en la ciudad referida, asidero a la general ver– sión de ser el dicho canónigo su padre, no admite otra explicación plausible supuestos los otros pormenores en las precedentes notas apuntadas. (6) Probado está que Monteagudo no volvió a acordarse más de sus padres desde que logró posición en Chuquisaca. Explicables aparecen tales olvido y desamor tratándose de la Aznaga, que, como hemos visto, no era madre suya, sino madrastra; pero ¿qué decir en lo tocante a su padre? Parece que el famoso ministro avergonzóse siempre de su humilde alcurnia: nunca hablaba de ella; y sus numerosos enemigos motejáronle en todo tiempo este pueril arranque de loco orgullo; esa ingratitud, pocas veces vista, para con los autores de su vida, que, no obstante, mostrábanse siempre satisfechos y go– zosos de haberle procreado. "Durante los largos años que vivió separado de sus padres, jamás trazó una línea que les llevara una noticia suya". Gorostia– ga, ap. Fregueiro, op. cit., pág. 15.
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