Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

EL PROTECTORADO 443 sino aquellos documentos que buenamente insertaba la Gacéta. Muy conveniente habría sido dar a ese pueblo -en una de aquellas pro– clamas de que el Protector fue tan pródigo otras veces- una expli– cación directa, que fuera, o pareciera ser, más confidencial, íntima y franca; y que lo tranquilizara respeéto a su soberanía y a su suer– te, mediante la declaración de los planes, de los propósitos de utili– dad común, abrigados por quienes así defraudábanle su facultad de constituir el poder público y de escoger a los gestores de su política existente. Pero el Protector se conformó con lo expuesto en el preámbulo del decreto de erección, y descuidó totalmente la obligación en que estaba de decir algo al pueblo de Lima, único a quien competía exa– minar y juzgar los móviles y fines de acto tan trascendente como ruidoso; y por supuesto más interesado en el suceso y en sus graví– simas consecuencias, que los muy dignos y respetables señores Co– chrane, La Serna y O'Higgins. Tales olvido y prescindencia palpabilizaron, una vez más, el pro– fundo desprecio que a los actores del drama político inspiraban es– tas "gentes bisoñas y nuevas en la revolución", de las que con tanto desparpajo hablaba en su carta el Supremo Director de Chile. XXVIII Pero la mano negra de Monteagudo, maldecida consejera, oculta y terrible impulsora de cuantos desaciertos y crueldades había de cometer el Protector, a la vez que creyó superfluo satisfacer a los criollos o españoles americanos, como se los llamaba entonces, halló ineludible notificar, oficial y públicamente, a los peninsulares o espa– ñoles europeos, de la serie de extorsiones, persecuciones y atropellos que para esos infelices significaría la iniciación del flamante régi– men. Así que, suscrita por el Protector y por el siniestro ministro, al pie mismo del decreto que instituía el Protectorado, a guisa de acto inicial de éste, y C<,'mo medida capital, inaplazable para su gestión, publicóse el 4 de agosto, una extraña pieza política, mitad bando, mitad proclama, a la par alocución y decreto, preñada de inmorali– dad y prevención, de amenaza, de odio y hasta de personal vanaglo– ria, reñida con la más ordinaria modestia; la cual pieza, a la letra, decía así: "Españoles europeos; yo os he prometido respetar vuestra seguridad y propiedades. Lo he cumplido, y ninguno de vosotros puede ya dudar de mi palabra. Sin embargo de esto, sé que murmuráis en secreto, y que algunos difunden con malignidad la idea

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