Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
EL PROTECTORADO 433 XVII Mal puede decirse -del Perú en general y menos de Lima en par_ ticular- que careciesen de elementos de gobierno, y que sólo hubiera en ellos una sombra de administración. Y mal puede decirse, porque, si se admite, como parece, que en los otros pueblos hubo una y otra cosa, con mucha mayor razón habría de haberla en la ciudad más importante de Sud-América, centro de la mayor de las circunscrip– ciones políticas existentes, foco de los negocios y de las decisiones coloniales, donde la previsión, el patriotismo, la actividad y el brazo férreo de un Abascal pudo encontrar medios proficuos de administra– ción y elementos de gobierno suficientes para concitar, como conci– tó, la nube de rayos olímpicos que ese administrador colosal lanzara sobre casi todos los pueblos revolucionados del continente sur. Vi– rreinato y Audiencia, cabildos eclesiástico y secular, juzgados de indios, de hacienda y de difuntos, tribunales de minería, del consu– lado y de cuentas, oficinas de almojarifazgo, casas de estanco y de moneda, universidad y colegios, por rutinarios e imperfectos que to– 'dos fuesen, sin recordar otros institutos cuya multiplicidad es refle– jo del cúmulo y variedad de asuntos en que se ocupaba la adminis– ~:;:-ación colonial, demuestran la pre5>encia en Lima de un respetable núcleo de gentes expertas, preparadas para la administración, que habrían, en el acto, ·como ocurrió bajo el mismo imperio del Protec– ;tor, impreso movimiento armónico y regular a la máquina guberna– ~iva, sin necesidad de ingerir en ella fuerzas ni elementos exóticos. En cuanto a hombres de gobierno, quizá si, entre esos que citamos ptra vez, los hubo superiores al señor conde de la Conquista, a don Francisco Lastra o a los malaventurados Carrera, y nada habría ha– bido de particular en que aparecieran y gobernaran tan bien como O'Higgins, ahogadas las posibles banderías y discusiones, a la som– bra y con el apoyo del Ejército Libertador. Pero no se quiso verlos ni buscarlos. Había que mantenerlos en la sombra, cerrarles el paso, negarles aquella escuela y experiencia vivas que las dotes nativas encuentran en el torbellino mismo de los sucesos, de la lucha, de los negocios. ¿Y cómo así culpar a un pueblo de falta de hombres aptos, y de carencia de elementos de gobierno propio, al mismo tiempo que se le niega el derecho y se coloca a tal pueblo en la imposibilidad de poner a prueba los primeros y usar debidamente de los segundos? XVIII .. Nada puede exculpar, de su incorrección y arbitrariedad, la con– ducta de San Martín. Ellas saltan a la vista.
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