Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
432 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ Y, sin embargo, allí, donde todo había sido horrores y escarnio para los libres; allí, donde parecía no haber un hombre capaz y digno de asumir el mando; en ese pueblo apenas semilibertado con la vic– toria de Chacabuco y donde todavía era imprescindible continuar la guerra; allí, San Martín, al constituir el poder...- público, ni pensó en la µecesidad· de la dictadura; ni se creyó autorizado para arrogársela a 8Í mismo, ya que la rechazó llamándose extranjero; ni vio obstáculo en la erección de un gobierno nacional, ni creyó inhábil al elegido, que fue ese mismo O'Riggins, vencido, destrozado y desprestigiado en Rancagua. Chile -es evidente- no era pues el Perú, ni las con– diciones de ambos pueblos eran las mismas. Aquí la causa de la libertad estaba virgen de esas catástrofes y vergüenzas. Las armas de la patria, no sólo no habían sido vencidas nunca, sino, antes bien, obtenido éxitos favorables sucesivos. El mar estaba barrido de enemigos. Las fuerzas regulares y las guerrillas pa– triotas, se habían colmado de gloria y prestigio en las acciones de Sango Frío, Pescadores, Ruarás, Máyoc, Cerro de Paseo, Concepción, Quiapa, Ruampaní, Ruando, Mirave y Locumba. Se habían consuma– do adhesiones ruidosas, como la del batallón Numancia. Rallábase independizado de hecho y de derecho todo el norte; en él no volve– rían a lucir más las bayonetas realistas. La Serna y su ejército se habían perdido en las quiebras :y anfractuosidades de la sierra. Lima, la capital ilustre, legendaria y hermosa, acababa de abrir las puertas y los brazos a los auxiliares independientes. La emancipación ha– bíase proclamado solemnemente, en absoluta libertad y calma, 9omo si en el viejo y orgulloso virreinato no hubiese ya ni sombra del poderío y de la influencia coloniales ... ¿Cómo, en tales condiciones, explicar la dictadura? ¿Cuáles eran, en dónde estaban, e1 derrumbe nacional, la angustia patriótica, la tra– gedia pública! que exigiesen como solo refugio, que impusiesen co– mo único remedio, la suspensión de esa libertad acabada de procla– mar, la erección de un poder extraño, violento, antipático, negativo de la nacionalidad, ofensivo de la autonomía? Nada, absolutamente nada lo explica. Las rivalidades, las con– mociones, las revueltas, el desbarajuste, para cuya represión tantas yeces se evocó después el fantasma de la dictadura, empezando por la de Bolívar, vendrían más tarde a la sombra de esa anarquía que nos obsequiara la lastimosa defección del héroe del sur; y el Perú, como Chile, padecería los horrendos males que allá suscitaron la am– bición enfermiza, la ineptitud presuntuosa y el patriotismo desorde– nado de los Carrera. Pero, en agosto de 1821, al amparo de las armas vencedoras de Maipú, no era posible que tal sucediera en el Perú, ni había en efecto sucedido.
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