Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

EL PROTECTORADO 431 asuntos y negocios domésticos, exclusivos de los nacionales; -que nada ''imponía la dictadura", como nada la impuso en Chile, donde, a la elección de O'Higgins, tampoco se hallaba acabada la guerra; y menos imponíase la dictadura extranjera y militar, mucho más odio– sa que una dictadura endógena, por necesaria que sea-; que una sincera y honrada "aspiración a la gloria" debió satisfacerse, no con el abuso de la fuerza, el desprecio de nuestra soberanía y la usurpación de nuestro poder público, sino con el brillo de una abnegada ges– tión; con el triunfo pronto, palpable, cierto en los campos de batalla; con la emancipación real de un pueblo agradecido, y no obstante ofendido y calumniado, siempre listo a cooperar con su corazón, su desprendimiento y su fe, su esfuerzo y su sangre, en la grandiosa empresa; y que nada había de "difícil", sino mucho de fácil, en aque– llo de conciliar estas dos "supremas exigencias" de la situación, a saber: ''gobierno propio, nacional"; y autoridad "con fuerza efi– ciente", que "no fuera un estorbo, ni un peligro", y "se subordinase a las exigencias de la guerra"; puesto que pudo y debió constituirse el primero, como pudo y debió dejarse la segunda a San Martín, como este mismo acababa de hacerlo en la flamante república chilena. XVI Que ''el Perú no era Chile, ni sus condiciones eran las mismas", es evidente de toda evidencia; pero no en el sentido despectivo que Mitre imprimió en aquella frase, sino en el opuesto. En Chile, antes '.del paso de los Andes, tanto el prestigio de la causa libertadora co– mo _el de sus caudillos, estaban por los suelos. Vencidos éstos en Rancagua, perseguidos, aniquilados; todos, con los restos desprecia– bles de sus tropas, huyeron camino de Mendoza, y allí se refugiaron -a la sombra y bajo la protección del general argentino. La capital chilena y, con ella, todo el país, quedaron en manos discrecionales del general español Osorio; y la reconquista, como bien la llaman los historiadores hispanos de la época, no dejó rastro apreciable, sino antes bien deshonroso, del poder; con un ejército respetable, habíase limitado en Rancagua a presenciar el destrozo de O'Higgins, a aban– donarlo a sí mismo, y a huir ignominiosamente sin haber hecho un · sólo tiro; y que, carreristas y o'higginistas, enfurecidos por el desas– tre, escupíanse mutuamente la responsabilidad de la tremenda derro– ta, y se deshonraban segunda vez a sí propios en presencia del ene– migo, a cuya aproximación emigraron en masa de Santiago y, con los jefes y con las reliquias del ejército vapuleado por Osorio, pasaron los Andes, se entregaron al destierro y se asilaron también en Men– doza.

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