Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
EL PROTECTORADO 427 mo si el hervor ciudadano de un pueblo libre, que se agrupa y delibe– ra sobre su suerte, y usa de su soberanía, y se prepara a ejercerla, fue– se un delito digno de reprimirse, y la represión pudiera consistir en la imposición de un extranjero (12). Pues, por eso mismo, porque despertaban las aspiraciones legí– timas de quienes creían poder ser útiles a su patria, y porque comen– zaban a delinearse los grupos en que, con derecho perfecto, se dis– tribuye todo pueblo consciente para organizar su poder público y elegir a sus mandatarios; por eso, los aspirantes y sus partidos, y, fuera de éstos, las personas sensatas e independientes, hubieron de expresar, y expresaron, su protesta, ante la defraudación violenta e inesperada de sus fueros, y la burla sangrienta, que con ella se hacía, de las expectativas cifradas en el titulado defensor de nuestra liber– tad, de nuestra independencia y de nuestra autonomía. XII El mismo San Martín palparía en el acto los inconvenientes envueltos en defraudación semejante. Ya se había defeccionado de su patria por el acto y el acta de rebeldía de Rancagua; y, al hacerse gobernante del Perú, se defeccio– naba de Chile; como, más tarde, convocado y reunido el Congreso, cuando, con la presencia de éste, púdose haber proveído lo necesario a la organización del gobierno político y civil, y él quedado libre para el cumplimiento de su misión militar, se defeccionó también del Pe– rú. Una de dos: o era sólo gobernante nuestro, o era general en jefe del Ejército Libertador. Si lo segundo, dependía necesariamente de Chile; si lo primero, esa dependencia era deprimente y absurda. No era dable ser, legítima y armónicamente, ambas cosas a la vez. Con– servarlas, ejercerlas de modo simultáneo, era exponerse a serios con– flictos, dañosos para la soberanía y la dignidad del pueblo goberna– do. La duplicidad, el hibridismo, y la consiguiente contradicción en actos, palabras e ideas, tenían que ser consecuencias inevitables de yerro tan saltante. XIII Si se exceptúa a Paz Soldán, que aprueba paladinamente el pro– ceder de San Martín, y, con Paz Soldán, a los escritores secundarios, que lo copian o lo siguen; casi no hay autor que trate de la época, en que no se encuentre veredicto condenatorio, expreso o velado, de (12) Ob. cit., t . I, pág . 198 .
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