Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

426 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ independencia de América. Dirigiendo con método las operaciones militares y buscando a los enemigos cuando convenga, con el de– nuedo con que lo han buscado siempre los independientes, la guerra ·será más bien en adelante un preservativo contra el influjo inevitable de las antipatías locales, que un escollo capaz de hacer naufragar la causa de América. La obra verdaderamente difícil, que es necesario emprender con valor, firmeza y circunspección, es la de corregir ideas inexactas impresas en la actual generación. Empezando por la libertad, debe concederse con sobriedad, para que no sean inútiles los esfuerzos que se han hecho para alcanzarla. Todo pueblo civili– zado está en aptitud de ser libre; 'mas el grado de libertad que goce debe ser proporcionado a su civilización". El público, ante estas últimas proposiciones, que claramente denunciaban el propósito de la monarquía, hacíase estas otras pre– guntas, que ha podido trasmitirnos alguno de los actores y testigos de los sucesos que nar ramos: ''¿Son nuestros pretensos libertado– res quienes deban decidir cuándo y cómo seremos verdaderamente libres? ¿Es la libertad una mercadería susceptible de medirse, a la manera que los m ercaderes miden con la vara sus efectos, en pro– porción al ainero con que se quiere comprarlos?" (10). Y es porque, como dijo Moleworth: "No se puede suponer que ¡ningún pueblo, a menos que car ezca de sentido, o que esté impul– sado por las facciones y por el m iedo, haya jamás dado a nadie un poder absoluto". Y ese no era el caso del Perú. El disgusto suscitado por las declaraciones contenidas en el ar– t ículo de El Pacificador, prendió en el Ejército, más que todo en sus jefes, convencidos, como los hechos lo ratificaron después, de que Ja guerra, y su fin único y necesario -la emancipación del conti– nente- quedaban pospuest as al ansia de gobierno, y a miras de otro orden, ext rañas a la expedición libertadora, a su objetivo y a su causa (11). XI Paz Soldán, para quien San Martín hizo bien en asaltar el man– do, asevera , a guü,a de exculpación, que "ya empezaban a moverse secretamente algunos partidos" en la capital; con lo que, sin duda, quiere dar a comprender que esa fermen t ación política, inicial y secreta, pero estrictamente democrática, deb iera ser cen sur ada; co- (10) Mariátegui, ob. cit., págs. 81 y 82 . (11) Las Heras negóse a jurar el estatuto y se ausentó para siempre. Lo mismo hicieron el comisario de guerra Lemus y otros.

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