Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

424 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ ejemplo ese Chile, en cuyo resurgimiento fue él mismo eje y actor, y que, fracasado por sus disensiones primeras, había organi.zádose después, tranquila y eficazmente, a la sombra y con el apoyo de las propias bayonetas que vencieron y lo libertaron en Chacabuco y en Maipú. Cosa igual pudo y debió hacer en el Perú: cooperar a la erec– ción de un gobierno autóctono, protegerlo y apoyarlo; darle la som– bra de su fuerza, para afirmar sus prístinos pasos; garantirlo con– tra las asechanzas de círculo, contra las intrigas y sacudimientos de las ambiciones bastardas; y, mientras el gobernante nativo con– sagraba sus desvelos a la administración, la reorganización y el pro– greso de su patria, volar en pos del enemigo, batirlo, aplastarlo; y así coronar una obra que, por propio yerro del héroe, trocado en ad– ministrador, quedó imperfecta, esbozada apenas, en peligro de desD· parecer; momificada por la vacilación y la anarquía, y menesterosa de otra intervención que, con el tiempo, resultó más pesada, san– grienta y deplorable. IX Y no se a rguya que en el Perú faltasen hombres preparados para el desempeño del mando. Tampoco los había en los otros pue– blos; pero se formaron en el manejo mismo de los negocios, como los buenos nadadores se forman hundiéndose en los abismos y entre los tumbos del mar. El problema estaba en buscarlos. En lugar de ese Torre Tagle 1 bondadoso, aunque inepto; por inepto, débil y ma– leable; y, más que delincuente, desventurado; pero que, a pesar de todo, Monteagudo encontró capaz de gobernar algunos meses, como buen instrumen t o para sus caprichos y dócil biombo para sus pla– nes, pudo escogerse a Salazar y Baquíjano, Figuerola, Unanue, a aquel mismo Riva Agüero, pobre víctima predestinada a perderse en las diabólicas redes de Bolívar, o por inexperiencia, o por imprevi– sión, en el cer rado laberinto que el mismo San Martín con su deser– ción nos legara; pero activo, soberanamente activo, enérgico, abne– gado, patr iota, gran administrador y capaz, por eso mismo, de haber hecho muchos y muy señalados bienes, si, dejando a las manos ex– pertas del prócer argentino los asuntos de la guerra, para los que a quél no había nacido, y que no obstante monopolizaron su aten– d ón , hubiera podido, t r anquilo y sereno, poner todo su entusias– m o , t odas sus dotes , al servicio de su naciente patria. No sucedió así, y h ay que lamentarlo. Las promesas envueltas en el decreto p odían ser muy sinceras y segur as; pero tenían, aun seve– ramente cumplidas, que resentirse de la culpa original de su naci– miento. Justicia espuria, aunque resulte in.tach able, es esa que se ad-

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