Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

EL PROTECTORADO 423 personas de elevado carácter y decidido influjo, para que le cons– tituyesen en mandatario legítimo, en representante genuino de la vo– luntad y de los derechos de un pueblo que él mismo había procla– mado y reconocido como soberano? ¿Se afianza la independencia desconociéndola? ¿Se defiende la libertad ahogándola? ( 8). VIII El flamante Protector, al explicar por qué no tomó el camino de una designación verdaderamente democrática, habla de que, para él ·'era más decoroso y conveniente seguir esa conducta franca y leal". Y cierto que hay demasiada franqueza, aunque no lealtad para con el pueblo gobernado, en empuñar violentamente las riendas del Estado, echando a un lado las formas jesuíticas y los rodeos hipócri– tas a que los mandones sobrevinientes acudieron para paliar sus asaltos a la presidencia y dar envoltura de legalidad a su autoelectiva autocracia. Pero más decoroso y conveniente, en un hombre de las altas condiciones y limpios antecedentes de San Martín, habría sido renunciar a un poder que estorbó su misión y dio superfluidad lastimosa a su presencia en el Perú; o, en último caso', ya que creía necesaria su gestión político-administrativa, a la vez que militar, afrancar aquélla de la fuente indudable y exclusiva que le da exis– tencia en las organizaciones republicanas. Cierto también que las pequeñas ambiciones, exteriorizadas en los partidos y congresos al frente del adversario español, habían prolongado, con los desórdenes internos, una guerra que pudo tener éxito más temprano en Cundinamarca y Venezuela; y desvirtuando la corrección de los movimientos originarios, dificultando el desen– volvimiento inicial de Estados como el que habían instituido las Pro– vincias Unidas del Río de la Plata; pero podía haberle servido de (8) Dice Mariátegui, contrayéndose a la aseveración de haber habido personas influyentes que ofrecieran el poder a San Martín: "Hay su parte de superchería, cual es la que se refiere a respetables y simultáneas invitaciones de gran número de personas de elevado carácter. Esa es una ficción: debie– ron hacerse públicas esas invitaciones. ¿Por qué esas perosnas de elevado carácter no manifestaron por la imprenta sus opiniones, las razones en que las apoyaban, los beneficios que de su plan debían nacer, los males que debían evitar y la necesidad de que San Martín asumiese el mando y se crease Pro– tector, y todo esto no por papel anónimo sino bajo sus firmas? No se hizo así, no se procedió con franqueza, porque ningún hombre de concepto lo · pensó; ninguno habló en este sentido, y ninguno habría prestado su aquies– cencia a semejante plan. Los palaciegos, los que adulan a todo el que manda no son ni pueden ser el eco de.la opinión". Ob . cit., págs. 87 y 88. '

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