Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

422 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ en el acto cuerpos representativos, cuyas deliberaciones, más acomo– dadas a los períodos de calma, dejan de ser proficuas, y hasta estor– ban y dañan, en épocas de actividad vertiginosa y de lucha abierta, que por su naturaleza exigen la intensidad en el imperio y la unidad en la acción; pero en manera alguna podía sancionarse la confusión, en una misma mano, de las dos dictaduras, política y militar, que im– primen, en el hombre más prudente y en la gestión más honrada, los caracteres repulsivos de la arbitrariedad y de la fuerza. Si "había aún enemigos que combatir", resultaba absurdo que la atención, la energía y la actividad aprovechables en su destrucción, se dispersaran y perdieran en multiplicidad de negocios y tareas, extraños a tan esencial objeto. La presencia del adversario imponía más bien la necesidad de que no "continuasen reasumidos, en el ge– neral en jefe 1.ndependiente, el mando político a la vez que el militar". Si ·'era preciso afianzar para siempre la seguridad y prosperidad de la región", inconsecuente y desastroso tenía que ser el suplantar la administración a la guerra, y relegar a segundo término, por los nuevos cuidados, menesteres y minucias de oficina, las importantes operaciones militares, en que tal seguridad se basaba y aquella pros– peridad se escondía, por lo mismo, que "lo primero era conquistar la independencia, para después establecer la libertad sólidamente". En fin, si es cierto que urgía crear "un gobierno vigoroso, que nos preservara de los males envueltos en la guerra, la licencia y la anarquía", debió darse a ese gobierno la base sólida de la voluntad general, el prestigio de su sanción por el pueblo, sin los cuales emergen de contado la desconfianza, el temor, el descontento, la re– sistencia y la rebeldía, y se hacen tan duros los deberes impuestos, como ineficaces los sacrificios exigidos. Ya veremos que la ausencia de aquella base y la carencia de este prestigio, cohibieron las altas dotes del Protector y le impusieron una ubicación sospechosa, una cuasi deserción, tanto o más dañosa que la usurpación originaria, pero, naturalmente, hija inevitable de la usurpación misma. Y cabe preguntar aquí, al evocar la imprescindible condición del consentimiento público, para la erección de un gobierno verdadera– mente sólido: ¿por qué, si ''la simultánea y repetida invitación de gran número de personas de elevado carácter y decidido influjo en. esta capital, para que presidiese la administración del Estado", ase– guraba al nuevo gobernante ''un nombramiento popular"; por qué, si "había ya obtenido -y esto es absolutamente falso- el asenti– miento de los pueblos que estaban bajo la protección del Ejército Libertador"; por qué, decimos, no buscó pública expresión e in– dudable constancia a este asentimiento; por qué no provocó ese nom– bramiento popular; por qué no convocó a aquel gran número de

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