Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

EL PROTECTORADO 415 do, colocaba a éste en una situación que, si no era exactamente la anarquía, instituía en forma única de gobierno la ·muy peligrosa y nociva del despotismo militar. Y, evidentemente, San Martín habíase arrogado, por sí y ante sí, un poder de hecho, que ni tenía precedente electivo, ni obtenía sanción popular, ni reconocía limitación, regla o freno precisos y predeterminados. Pudiera decirse que la patria nueva no existía, ya que su vida, de pura apariencia, pendía toda del hilo forjado por una sola autócrata voluntad. Quizá si, por tratarse de la salud pública y de la defensa del pueblo, podría explicarse y aun admitirse que aquella voluntad única se extralimitase hasta el punto de decretar, como lo había hecho, represiones, requisas y alistamientos, tendientes a la reposición del orden y a la organización de un ejército que, en unión del auxiliar extranjero, se lanzase sobre aquel otro que servía de arma y escudo al régimen colonial; pero no es explicable ni admisible que tal extra– limitación político-militar llegase al extremo, que ya vimos, de in– miscuirse y decidir en asuntos de administración y de gobierno, de justicia y hasta de penalidad -facultades pertinentes a sola la sobe– ranía- sin previo consentimiento de ésta, ni autorización suya, libremente discutida y espontáneamente declarada. II En el fondo y en las exterioridades, San Martín se había ya eri– gido a sí mismo en único gobernante. Saliendo abusivamente de la esfera táctico-estratégica, que era y debió ser única suya, comenzó, desde el 16 de julio, a conocer en toda clase de negocios, y a resolver éstos sin intervención ni consulta de nadie. Ya el 25 hallamos en la Gaceta de Gobierno un curioso aviso oficial, en que participábase al público que el General San Martín daría audiencia, de diez a doce del día, todos los martes y sábados; se comunicaba la existencia de una secretaría; se prevenía que los memoriales deberían ponerse, de nueve a once de la mañana, en manos de cierto empleado que, en aquella oficina, había sido encargado de recibirlos y tramitarlos; y se anunciaba a los interesados que, de cuatro a cinco de la tarde, todos los días, podrían recoger los correspondientes proveídos de pocler del referido oficial ( 1). Era éste el papel de un mandatario en ejercicio, que no había pensado ni manifestaba pensar en que persona alguna se encargase de la dirección y manejo de los asuntos e intereses del nuevo Estado. (1) Gaceta cit., núm. 5, del 25 de julio.

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