Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

PROCLAMACION DE LA INDEPENDENCIA 407 reprensiones que merece; bastante inteligente para conocer, a las pri– meras palabras, los proyectos que se le comunican; poco detenido pa– ra escuchar sus pormenores y prever las consecuencias; haciendo temblar a sus magistrados, en el momento mismo en que perdona a sus enemigos; desplegando a veces las luces y los sentimientos de las almas grandes; amando con exceso los placeres y la libertad, el des– canso y la gloria" ( 18). Todas las clases sociales pusiéronse en movimiento. La ciudad vistió de fiesta. Desde la noche del 27, ofrecióse profusamente ilu– minada al estilo de la época; limpias las calles, tapizadas con alfom– bras riquísimas, o exornadas con cadenetas, quitasueños, arbustos, ramajes y flores, realzadas las puertas por recias colgaduras de da– masco, al modo que suelen hoy mismo en determinadas festividades religiosas; flotante sobre todos o casi todos los hogares la enseña nacional decretada en Pisco; y erectos, en las principales esquinas, arcos soberbios con jeroglíficos, emblemas, dísticos e inscripciones. Llamó, sobre todo, la atención pública el arco triunfal levantado a gran altura, sobre la esquina de Mercaderes, por el Tribunal del Con– sulado, "de primorosa estructura y magníficos adornos", y en cuyo ápice ostentábase la estatua ecuestre del vencedor de Maipú, en acti– tud de dirigir y exhortar sus legiones al ataque. En las plazas de ar– mas, de la Inquisicón, de Santa Ana, Santo Domingo, el Teatro y otras, alzábanse, forrados en terciopelo o paño carmesí, los amplios tablados destinados a la solemne ceremonia (19). El gentío repletó calzadas, aceras, puertas, ventanas, balcones y techos; y, entre fuegos, cohetes y repiques, desbordóse por plazas y avenidas, inmenso, com– pacto, alegre y ruidoso, con ese bullicio peculiar de las clásicas no– ches-buenas limenses, hoy decadentes, rompiendo dondequiera en vítores y aclamaciones a la independencia, a la libertad y a su caudi– llo, a sus héroes y defensores. San Martín, rodeado de Monteagudo y sus principales tenientes, saboreaba complacido el grato dejo de esta manifestación popular, universal y sincera, desde el entonces encajonado balcón de los Virreyes encaramado sobre ía Ribera de Palacio (20). (18) Barthelemy, Viajes de Anacarsis, tomo II, pág. 246. (19) Las plazas principal, de la Inquisición y del Teatro no habían reci– bido aún los respectivos nombres de plazas de la Independencia, de la Cons– titución y del 8 de setiembre, que después les diera el Protector. (20) Periódicos de la época.- Gaceta del Gobierno, N~ 7, del 1~ de agosto. -Los que estuvieron en Lima antes de 1884, recordarán en qué consistía la Ribera, hilera de tenduchos, destinados a la venta de baratijas, helados y dul– ces, que ocupaba por entero la línea delantera del Palacio de Gobiemo, y, en consecuencia, uno de los cuatro lados de la plaza principal.

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