Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
304 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ tidumbre de una guerra tanto más justa, cuanto es cada día más necesaria. En vano he querido ahorrar la sangre de ambos ejér– citos. La angustia de las madres, esposas y familias de los que com– baten por una y otra parte, y la aesgracia de tantas inocentes víc– timas que deben participar de los estragos de la discordia; todo, todo ha sido infructuoso, como se os manifestará más por exten– so.- Por consiguiente, no queda más recurso que apelar a la bra– vura americana y decidir por la fuerza lo que no ha podido tran– ~ igirse por los consejos de z-a razón.- Pueblos del Perú! Cuaren– ta días más de sacrificios y constancia, bastarán para concluir una campaña en que nuestras armas han obtenido, señaladamente, la protección del Eterno. Pensad que todo lo vamos a perder o adqui– rir en este período decisivo,· y, con tal convencimiento, tomad el partido que os dicte el amor a vuestra existencia, a vuestras fami– lias, a vuestros amigos, a vuestra patria, y, en fin, a vuestro ho– nor. Los que, entre vosotros, hagan mayores sacrificios por la li– bertad, serán más dignos de ella, y tendrán más derecho a z-a gra– titud universal. El enemigo tiembla por su destino. El ve que, por el sur, la división libertadora no ha encontrado sino enemigos que vencer y amigos que abrazar. El observa que su ejército está di– vidido y sin moral, exasperado y sin recursos, y puesto al fin en la alternativa de perecer de hambre o de morir sin gloria. Las tro– pas que han venido a protegernos se hallan, por el contrario se– dientas del combate, robustas con vuestra opinión, y decididas a sellar vuestro destino con la victoria o con la muerte.- Peruanos! Haced lo que la Patria aguarda de vosotros, y yo os respondo de ta conducta de los bravos a cuya cabeza voy a buscar los peligros Y vivir en ellos, hasta que la independencia corone vuestro" esfuer– zos y me asegure la recompensa de poder contemplar tranquila– mente vuestra prosperidad.- San Martín". VI Cualquiera, después de leer estas proclamas, tanto más signi– ficativas, cuanto que, en esos instantes, descubríase, a ojos vistas (con indicios y detalles de que ya hablaremos), la posición de fuga ineluctable en que habían colocádose los españoles; cualquiera, decimos, habría aguardado un estallido de activa hostilidad; un avance decisivo sobre la zona de retirada de La Serna, ya que no de Canterac, salido en plena prórroga del armisticio; una persecución t enaz, seguida de una batalla, en que el general en jefe independien– te hubiese vencido de todos modos, por el estado de depresión, can-
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