Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
PROCLAMAS AMENAZADORAS 305 sancio y deserción en que esa retirada puso a sus contrar ios; y esto, con la seguridad de que Arenales habría hecho lo propio contra la división de vanguardia; y, en fin, un aniquilamiento del poder rea– lista, decisivo, completo, terminal. Batidas en detall las dos divisio– nes fugitivas del virrey, o ambas en conjunto, caso de r eunirse, cla– ro es que no habrían escapado de la tenaza mortífera que en su ca– mino abrieran sobre ellas la división penetratoria acudiente de Ju– nín, y el ejército de la costa, picando su retaguardia. Nada de esto se hizo, y en verdad que tan gravísima falta fue la mayor de las cometidas por San Martín. Sabiendo, como sabía, por sus agentes de Lima (a quienes la situación crítica de los espa– ñoles permitía entonces obrar con mayor soltura y hasta descaro), que Canterac hacía preparativos desesperados para salir, no debió consentir en la segunda prórroga del 23, que brindaba a aquel jefe la facilidad de una evacuación sine damno. Y, si incurrió en aquel renuncio, debió, cuando menos, lanzarse sobre La Serna, en los momentos de su evasión, o, después, en plena marcha. Pero escrito estaba que el prócer de San Lorenzo, Chacabuco y Maipú, no diese muestra alguna de su estrategia ni de su heroísmo en tierra perua– na; donde 1 en esta ocasión como en todas, limitóse a simples des– plantes bélicos, amagos aparentes y hostilidades escritas, tras los cuales, a la terminación de su campaña libertadora por estas cos– tas, no había de quedar ni quedó nada. Empecinado en creer que la ocupación de Lima era el colmo de los buenos éxitos, desatendió sus deberes primordiales; y se contentó con que las guerrillas hos– tigaran a los fugitivos en la estrecha medida de sus fuerzas y ele– mentos, que, más que menos, habrían de dejar las cosas en el estado mismo en que se hallaban. VII Tanto más condenable es aquel yerro, cuanto más clara y evi– dente fue la noción que en un principio tuvo San Martín de sus deberes militares en aquel momento, y cuanto mayores resultaron la deliberación y la indiferencia con que luego se abstuvo de llenar– los; responsabilidades que se agravan con la circunstancia de haber el propio La Serna anunciado oficialmente a su adversario la eva– cuación que iba a hacer de la capital. Acredítase lo primero por la carta que, desde la bahía del Ca– llao, escribió San Martín a Las Heras el 16 de junio; carta en la que advertía a su jefe de E.M.G. "no olvidar que cada soldado de– bería tener su par de ojotas y plantillas de repuesto; porque si (co-
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