Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
PROCLAMAS AMENAZADORAS 303 blos. Pero los españoles no quieren que seamos libres, sino escla– vos. Esta es la alternativa que nos dejan. Yo, que conozco vuestros sentimientos, he contestado: libres o muertos, y jamás esclavos!.– Peruanos! Corramos a las armas con nueva energía; y no las deje– mos de las manos, no, hasta que los hijos de la tierra de los Incas se den, ellos mismos, las leyes que aseguren su destino. Empren– damos con doble ardor la guerra, y hagámosla como lo hacen los valientes, cuando el sentimiento de la justicia llena de fuego sus pechos y los ciega a los peligros y a la muerte misma. Sin embar– go, no olvidemos que la humanidad es un deber, y que ella ha hon– rrado hasta hoy nuestra conducta,· pero, si los enemigos, en su despecho, destruyen la capital del Perú, y la entregan a los horro– res del saqueo, como se me asegura que lo intentan, caigan enton– ces sobre ellos los rayos de la venganza, armada de todos los me– dios que es capaz de emplear para destruir, y castigar el atentado, que irrita la razón y la naturaleza.- En medio de esto, la justicia me obliga a decir que no todos los españoles conspiran contra nuestros derechos. Algunos de ellos, impeliaos por cuatro jefes exaltados, que no €-'Xisten sino para servir a sus pasiones, son los que rabian por derramar la sangre americana. Los demás aborrecen la ferocidad. Estos serán protegidos inviolablemente en su existencia y propiedades.- Peruanos! Traed a la memoria las injurias de trescientos años, y todas las que personalmente habéis sufrido. Si el deseo de la paz había hecho que empezáseis a olvidarlas, pen– sad ahora en ellas día y noche,· y mostrad a la España que todo tiene término en la naturaleza, y que sus crímenes y vuestra pa– ciencia han llegado al suyo.- San Martín". JI.-" A los habitantes de los departamentos libres - Compa– triotas y amigos.- Acabo de experimentar, por última vez, hasta dónde llega la obstinación de los españoles, y su cruel empeño en privarnos aü.n del agradabe ejercicio de nuestra natural generosi– dad, a fuerza de provocar nuestro justo resentimiento. En Miraflo– res y en Punchauca, la paz ha sido el grande objeto que he re– comendado a mis diputados, con tal que la independencia de los pueblos no quedase expuesta a las antiguas agresiones En ambas circunstancias, he hecho propuestas que conciliaban todos los intere– ses, y que habrían puesto término, no sólo a los males de la guerra, sino al sordo estímulo de las pasiones recíprocas. En Punchauca se me hizo entrever que el Perú iba a entrar en su propio destino, y que las fuerzas de ambas partes no servirían ya sino para con– servarlo en él. Pero el despecho de la ambición ha exaltado el furor de algunos jefes, y a las esperanzas de paz se ha sustituido la cer-
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