Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
302 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ 27, con la división hispana de vanguardia; y tomar la ruta de la cordillera, con la ilusión de tornar pronto a la interrumpida brega, con ventajas que San Martín no quiso evitar o no pudo en su ciega confianza prever. Ello es que, ante el fracaso previsto de las con– ferencias, inclusive su famosa entrevista, tornó en el acto a exterio– rizar sus acostumbrados pujos bélicos, sin la menor intención de transformarlos en hechos tangibles, atenido, como de costumbre, a la teatralidad de las apariencias. Su objetivo no ero otro que el de soliviantar aún más la opinión limense, ante la idea de un ataque que, fueran cuales fuesen sus resultados, pondría término al ham– bre y a la miseria públicas; y, de otro lado, precipitar la evacuación de la capital por los realistas, que, grandemente disminuidos con la partida de la división de Canterac, mal podrían ya atreverse a presentar batalla en circunstancias en que las tropas independientes, todas o casi todas veteranas, resultaban doblemente superiores a cuantas, en Asnapuquio o en Lima, lograse reunir La Serna. La derro– ta realista, en tales condiciones, era segura, inevitable; y la prestigio– sa superioridad por San Martín alcanzada con los últimos inciden– tes, no dejaba la mínima duda acerca del sentido en que pronun– ciaríase cada vez más la opinión ansiosa de que al cabo la ciudad, estrechada por un cincho de hierro y mar, cayese en manos de los ya irresistibles independientes. V Teniendo tanto de diplomático como de estratega, y quizá mu– cho más de aquello que de esto, San Martín utilizó, con la opor– tunidad y discreción de costumbre, el momento en que finalizaba la segunda prórroga del armisticio (30 de junio), para reincidir en sus usuales y aparentes pujos; y, resistiéndose a nuevas suspensiones de hostilidades, decidió hablar a los pueblos, dirigiéndoles la pala– bra en forma tal, que los persuadiese de la aproximación del suspi– rado desenlace. Lanzó entonces dos proclamas: la primera, endere– zada a los habitantes de la capital; y la segunda, a los pobladores de los departamentos libres del norte del Perú; y una y otra conce– bidas en los términos que siguen: 1.-"Peruanos!- Mis esfuerzos por la paz han sido inútiles. Desde que se abrieron las conferencias de Punchauca, yo he estado dispuesto a admitirla, sin exigir otra condición que vuestra inde· pendencia. Con tal objeto, ningún sacrificio habría sido grande para mi corazón, porque aun el esplendor de la victoria es una ventaja subalterna para quien sólo suspira por el bien de los pue-
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