Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
262 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ cosa hecha; y seguramente hubiera tenido efecto, si los america– nos la hubiesen apoyado; pero los liberales, entonces, fueron solos. Valdés estuvo en el proyecto, con motivo de hallarse a la inme– diación de Ballesteros, que era ministro de la Guerra, y está ente– rado de todos los pormenores.- Con tales antecedentes, yo creo la cosa hecha, si el general San Martín y nosotros obramos de acuerdo en el asunto; para lo cual tendremos todas las- entrevis– tas que quieran, como igualmente la pueden tener dicho general y el virrey.- Consecuente a la carta de usted, escribí al virrey con respecto al desertor tomado del Potrillo. Me contesta que queda indultado. El equipaje de López Aldana acaba de llegar en este momento; y mañana, por la mañana, caminará a ese punto. Va la quina, crémor y sal de higuera. Loriga esta bueno.- Adios Suyo, C(anterac)''. X Ahora, concordemos acontecimientos y fechas. Una vez que, por las cartas de Canterac del 10 y el 13, leídas al virrey y contestadas expresamente en nombre de éste, viose que "todos entendíanse, conociendo la necesidad de un rey; nuevo imán que reuniría a los descendientes de unos mismos padres"– fuese Guido, como un rayo, al campamento de San Martín; ae donde tornó, probablemente el 14, con la aquiescencia de su jefe. Ese mismo día, o el 15, comunicóse ese éxito a Canterac, quien, en la carta del 16, apresuróse, en consecuencia, a estampar la frase decisiva, perentoria de que los negociadores "no deberían ya pa– :rnrse en pequeñeces para el arreglo del armisticio". ¿Qué mas? El 17, por lo mismo, sin sorpresa para . nin~o de los partidos, ni temor de rechazo de condiciones que, en cualesquiera otras circuns– tancias, habríanse rechazado por insolentes y desdorosas, los di– putados patriotas atreviéronse a exigir, y los realistas apresurá· ronse a aceptar (dos días después, el 19), como garantía del ar· misticio la entrega de las fortalezas del Callao! La monarquización del Perú, diablo tentador de sus libertado– res renegados, había tenido magia bastante para armonizar todos los anhelos, propositos y finalidades hasta entonces inconciliables, por diametralmente opuestos. Quienes vencían no eran los inde– pendientes, que así abjuraban de sus antecedentes y programa; si· no los españoles, que atraían a su credo, a su régimen, a sus tra· diciones de gobierno, y conquistaban para ellos los ánimos enfer· mos de los defensores de la libertad y la democracia; de quienes
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