Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

202 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ coy las alturas de la Oroya al Sur"; plan que produciría "la pronta terminación de la guerra" (6); D.- Caso de no aceptarse ninguno de los extremos anteriores en los cuales el proponente cifraba "las mejores esperanzas", mar– char sobre el Callao, "asaltándolo en el momento de venir la orden; obra de pocas horas, que quitaría al ejército un estorbo, y un punto de apoyo al enemigo, para impedir que vuelva". En todo caso, lo importante era "no quedarse quietos, porque el enemigo no lo estaría un instante" (7). V Las comunicaciones portadoras de estas ideas fueron, esta vez, confiadas, ya no a Otero, sino a un ayudante de campo del general divisionario, su propio hijo José (el redactor de sus Memorias), quien, partiendo de Matucana a las nueve a.m. del 30 de julio estuvo en Lima a las cuatro de la madrugada del 31. Tres horas después, ponía los respectivos pliegos en manos de San Martín, expresándole e] encargo que llevaba de "satisfacerle de palabra sobre todo lo que fuere necesario" para que se comprendiesen mejor el sentido y el al– cance de las exposiciones escritas. Cuenta el emisario que encontró a S.E. "trabajando solo en su gabinete rodeado de enorme cantidad de mapas y papeles"; y que, después de "detenerse en algunas preguntas concernientes a la per– sona'' de su estimable y realmente estimado subalterno, "procedió aquél a enterarse de la correspondencia"; pidió ''algunas explicacio– nes verbales sobre los movimientos de la división, sobre el estado en que ésta se hallaba, y sobre la naturaleza del ingrato y desierto país interpuesto entre los enemigos y los patriotas"; país que oponía "la (6) U, cuando menos, dice Arenales, preservaría a la fuerte división de la ~ierra de un desmembramiento y disminución ya bien sensibles" .-"Sobre to· do, exclama (esta vez, en un arranque de amor propio, de que sólo en tal oca– sión le vemos dejar vencer); sobre todo, el que, en 1820, salió de Pisco con tma columna de valientes, y, destituido de todo otro apoyo, atravesó una gran extensión de la sierra, deshizo a cuanto enemigo osó presentarse en su trán– sito, y se unió, cargado de trofeos, al Ejército Libertador en Retes -tenía seguramente, algún título para que sus propuestas, en negocios de esta clase, mereciesen una atención y algo más que superficial"; palabras que constituyen una protesta. Bien es verdad que este arranque no puede impu– tarse al mismo Arenales, hombre modesto y silencioso por excelencia; sino al r.edactor de las Memorias, su hijo José, tan sereno y medido como su pa– dre, pero naturalmente arrebatado alguna vez, siquiera alguna, por el amor y la gran estimación que sentiría hacia el padre de su orgullo y de sus com– placencias. Op. cit., págs. 173 y 174. (7) Op. cit., págs. 171 a 174, passim

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