Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

200 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ 111 Estas reflexiones y estos hechos, profundamente examinados de antemano, y la absurda resultante que le daban en el oficio del gene– ral en jefe, suscitaron tal "conflicto" en el pecho de Arenales, que no acertó a encontrar más que una salida: su renuncia. Tomó la plu– ma, en consecuencia; reprodujo "cuantas observaciones había he– cho desde la sierra", y todas las demás que, "en aquel momento, hacían -a su juicio- absurdo o peligroso el regreso"; Mzo presen– te la urgencia de adoptar ''alguna disposición sobre las fuerzas de su mando, porque estaban sin medios de subsistencia, porque la deser– ción crecía, y porque no había un objeto militar para la permanencia en Matucana"; expuesto todo lo cual, acababa por decir, respetuosa, pero resuelta y categóricamente, que, "si S.E. persistiera en el desig– nio de que la división contramarchase, se sirviera nombrar otro ge– neral que se hiciese cargo de ella"; porque él no se sentía con la ca– pacidad necesaria para llenar las miras de S.E.; "cosa que debía de– clarar -como declaraba- francamente". IV Así descargada su conciencia, con el alma ligera de toda respon– sabilidad, y para el caso de que sus atinadas observaciones tuviesen efecto ep el generalísimo -pensando, más que todo, en que "no se debía perder tiempo en obrar de algún modo sobre los enemigos", y en que ''no sería prudente encerrar (por razones ya previstas) todas las tropas de Lima" (4)- apresuróse, en comunicación separada, a proponer una serie de planes, sobre la base de una marcha directa de Matucana al puerto de Ancón; la utilización de la escuadra de trans– porte, fondeada en aquel puerto; y la práctica de desembarcos suce– sivos, en Pisco y otros puertos (de los llamados intermedios), con un "método de obrar ya claramente indicado por los primeros ensa– yos de la campaña"; esto es, por los movimientos costaneros lleva– dos a cabo por el propio San Martín, y por los que Arenales mismo (4) Todo lo contrario de lo hecho por San Martín. Ya veremos cómo el disgusto de Arenales y su desinteligencia con San Martín en estos modos de prever Y disponer las cosas, influyeron secretamente en ambos, determinando su conducta posterior, por supuesto antagónica. Arenales dejó las filas y marchó al norte, como presidente del departamento de Trujillo; y San Mar– tín, prescindiendo de este auxiliar donde le era más útil, persistió en su in– movilidad y expectación extrañas, con las consecuencias que se verán en su lugar .

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