Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
190 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ 11 Y hubo, en verdad, un momento en que creyó coger con lama– no la realidad de aquellos inexplicables presentimientos y quimeras de su espíritu apesadumbrado. Y fue aquél en que supo, ya positi– vamente, que La Serna con su división venían hacia Jauja por la vía de Yauyos; dirección que obligaría al asendereado virrey a tomar la quebrada de Yauli para salir al pueblo y puente de La Oroya. Aho– ra bien, cortado este puente desde la primera campaña de penetra– ción, cosa que La Serna mal podía ignorar, debería de todos modos este último aventurarse en la quebrada áspera y desierta, o por el páramo frío y solitario emplazado a la parte meridional del río; y fuera cual fuese la senda que escogiese para el objeto, traficada o no, forzosamente su marcha tendría que ser penosa y lenta, ya no sólo por la naturaleza misma del terreno y la atmósfera enrarecida de la altura, sino por la fatiga abrumante que la tropa conducida por el representante regio debería traer de sus largas jornadas desde la ,costa. Colocarse en La Oroya, como el águila que otea y se aproxima ·a la presa; y allí, en plena observación, aguardar y asaltar a los viandantes "cuando menos lo esperasen", era, pues, un ideal repen– tino suscitado en la ansiosa fantasía del general patriota, que, desde ese instante, esforzóse éste por realizar, rápidamente, enérgicamen– te, antes de toda junción de las dos divisiones contrarias. El 19, en la noche, dio, en consecuencia, la orden de partir; y ya no pudo Are– nales conciliar el sueño a la espera de la próxima mañana. III No dejó de serle una nueva contrariedad la recepción, aquella misma noche ( 19 de julio) de nuevas comunicaciones del cuartel general. Una semana hacía que no había vuelto a recibirlas; y las que llegaban a sus manos esta vez reincidían en la fatal orden de re– tirada, "hasta indicando las direcciones en que ésta debería eje– cutarse". Devanábase los sesos Arenales, con el oficio superior a la vista, para explicarse la ceguera en que se hallaba el calculador hé– roe de Chacabuco, sin acertar a darse respuesta ni argumento sa– tisfactorios. "Bien parecía --exclama en sus Memorias- que la ocupación de Lima había exclusivamente absorbido todos los espí– ritus, como si se creyera que, después de aquel suceso, no había más en qué pensar" (2). (2) Pág . 146, 2a. edición, de 1920, nota.
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