Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
ARENALES Y SAN MARTIN 181 cuándo podría volver a ponerse en estado de expedicionar nuevamen– te sobre la sierra, en circunstancias que, sustancialmente, nada nos importaría haber tomado la capital, desolada, como V.E. lo deja en– trever, perdiendo la mejor parte del país". III Nada más acertado que este punto de vista, en que el más bra– vo, sereno y juicioso de los tenientes de San Martín, coloca el mar– co y encierra el cuadro de los actuales acaecimientos. Para Arenales, la ocupación de Lima es nada, y todo, todo quedaba por hacer, aun después de aquella captura, contra lo imaginado por el generalísi– mo independiente, que, con su entrada en la capital del Perú, cre– yó haber llegado a la meta; por el cual error descuidóse en lo ab– soluto de su misión; entregóse a la más inútil y vergonzosa pasivi– dad; y se abandor;.ó, contra su pasado y sus antecedentes. a las deli– cias de la vida suave y a los halagos engañosos del poder. La necia ceguedad que permitió al enemigo retraerse tranquilamente del pe– ligro y rehacerse a sus anchas más allá de los Andes occidentales, fue, en todo su demérito 1 juzgada por el gran vencedor de La Flo– rida y del Cerro de Paseo, cuya penetrante vista, rasgando el velo de lo porvenir, percibió, de modo clarísimo, las funestas proyecciones del inexplicable yerro. Pero, sigamos escuchando la palabra de Arenales, para confir– ,marnos, cada vez más, en los anteriores conceptos. "Veamos claro -exclama enérgicamente-: ha llegado el caso en que es de extrema necesidad que obremos, con todo nuestro poder, sobre la sierra. Abandonada la capital por los enemigos, ya no se necesita fuerza para tomarla y poseerla; pues ella misma pediría protección, y, para su guarnición, basta solamente un cuerpo. Ya nos ha demostrado la experiencia lo que antes reclamé con repe– tición (1). Dije que, supuesto el plan adoptado por los enemigos, nos bastaba tener en la costa, a bordo, sin riesgo alguno, una fuerza muy corta, para proteger a Lima en su caso; y que toda la demás debía venir a componer una masa fuerte en este país, para precaucio– nar el cambio del teatro de la guerra, meditado por los enemigos. De (1) Se ve, por esta frase, que Arenales había, en comunicaciones anterio– res, expuesto ya sus ideas a San Martín, haciéndose, por supuesto, más sal– tantes y condenables, la desatención y el capricho de éste. Por desgracia, aquellas comunicaciones se han perdido, probablemente quemadas en el in– cendio del Ministerio de Guerra, en 1822; suceso que se conocerá más ade– lante, en el lugar correspondiente.
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