Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

168 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ do de la artillería patriota", que casual y oportunísimamente "pasa– ban por allí con unas cargas de municiones"; y, al grito tremebundo de ¡mueran los godos! irrumpieron todos, en un alud de galgas y en una tempestad de piedras lanzadas así a mano como a honda; galgas y pedriscos que rodaron y cayeron produciendo efectos espantosos. Las reflexiones de los dos artilleros amigos, al ver poco más tarde la bandera blanca de parlamento (reflexiones dirigidas por supuesto a demostrar la respetabilidad de las leyes de la guerra y la inmunidad e intangibilidad de los parlamentarios), sonaron como música sorda para esos hombres, ciegos por el odio y exasperados por el deseo y la ocasión imperdible de la venganza en pocas ocasiones satisfecha. El oficial y dos de los húsares dieron en tierra, materialmente acribillados de heridas; y los demás, casi todos herreteados de con– tusiones y golpes. Lanzáronse los indios como fieras sobre esos des– venturados, "descuartizaron y arrastraron" a dos soldados, que ya encontraron muertos; y quisieron hacer otro tanto con el resto, sal– vado sólo por la enérgica intervención del cabo y del soldado inde– pendientes, "a quienes costó mucho" alcanzar que los dejasen con vida. Sobre la marcha, fueron los cinco prisioneros conducidos en triunfo a Jauja y allí entregados al jefe de la división, quien trató bondadosamente a ese militar que llegaba ante él con "la cara hecha pedazos", y a esos soldados aporreados rudamente en la cabeza y las costillas (4). Entre tanto, Carratalá, como se expuso anteriormente, volaba hacia Huancavelica; Alvarado y su vanguardia retrocedían de Ruando a Huancayo, por el puente, ya entonces franco, de Izcuchaca; Arena– les se volvía de Jauja a la segunda de aquellas poblaciones, donde, hasta esa fecha, tenía establecido su cuartel general; y sólo Aldao, con sus destacamentos, avanzados, instalóse como de costumbre, en el puente tantas veces recordado, asegurando la ventaja incuestiona– ble de su posesión, para el momento de recomenzar las operaciones y clausurando con ello, de aquel lado, todo contacto, avance o sor– presa favorables para el enemigo. En Huancayo, llegado apenas, Arenales comenzó a "recibir fre– cuentes comunicaciones" del comandante de guerrillas coronel Villar, "y de los patriotas de Lima, avisándole que los realistas disponían– se a evacuar la capital" para refugiarse y rehacerse en la región ac– tualmente ocupada por el vencedor de La Florida. (4) Relato extraído del propio Arenales, op. cit., págs. 113 a 115.

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