Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

EXPEDICION DE ALVARADO 167 V Mientras el parlamentario de Arenales cumplía su misión de sus– pender las hostilidades abiertas sobre el acantonamiento de Ruando, otro oficial parlamentario de Carratalá, había constituídose un poco más acá del puente de Izcuchaca, con el objeto de practicar notifi– cación igual, tanto con las tropas hispanas guardadoras del citado puente, cuanto con los destacamentos avanzados del teniente coronel Aldao, expedidos hasta las proximidades de aquel punto, para obser– vación y vigilancia. Las primeras retiráronse hacia Ruando a incor– porarse con el grm·so de la columna de Carratalá; y los segundos aproximáronse mucho más al puente, con el objeto de ocuparlo. Allí avocóse el parlamentario realista con Aldao, y le expuso el objeto de su venida. Acompañábanle cinco húsares y un corneta. Aldao, en el instante, se negó de plano a acatar la notificación, alegando, de un lado, no respetar "otras órdenes que las de su inmediato generaln, y no ser, de otro, un parlamentario realista "conducto legítimo" pa– \ra comunicar las de San Martín; ni quiso, por último, dirigir al par– lamentario hacia el cuartel general de Arenales, por "no traer aquél autorización ni despachos para ello". Visto este rechazo, el español, mientras comía y bebía con el co– mandante patriota alegremente, decidió, in pectare y en mala hora hacer las cosas solo y por su cuenta. Fingió, de pronto, retroceder al campo de Carratalá, para lo cual pasó el puente; pero, luego, en vez de continuar a Ruando y a Ruancavelica, tornó al norte, aguas arri– lba, por la margen derecha u occidental del río, y emprendió resuelto rumbo sobre Jauja, ciudad en donde, a la sazón, encontrábase el gene– ral Arenales, inspeccionando la maestranza del lugar y disponiendo lo necesario para distribuir los fusiles acabados de reparar y alma– cenar el sobrante de su ya copiosa impedimenta. En esa travesía, dejando a la izquierda el pueblecillo de Conaica, el militar español enderezó pasos a Moya; pueblo de indios que, como 1 en otra ocasión vimos, vivía enconado y prevenido contra todo lo que fuera realista. Y esa prevención había llegado a su algidez, con la noticia de la traidora y sangrienta sorpresa de Chupaca. Ello es que, apenas los moyanas descubrieron en los aledaños de su terruño a ese pequeño grupo de realistas, compuesto de siete personas, pasáronse ia voz enfurecidos, congregáronse presurosos, instaláronse en bre– ves segundos sobre las crestas de la ruta, en la cual comparecieron terribles y como por ensalmo, en momentos en que las presuntas víctimas mal pudieran retroceder, batirse ni escapar; forzaron a de– tenerse con ellos, acompañarlos y dirigirlos, "a un cabo y un solda-

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