Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

166 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ numantinos, en efecto, al descubrir el tablero, si pequeño, bellísimo pe la población, lanzáronse al galope por el declive de la sierra; dando anticipados gritos de amenaza y de victoria. La imprudencia despertó de su descuidado sosiego a los enemigos, que, emprendien– do retirada presurosa, evadiéronse de Ruando, tomando al vuelo la ,escarpada vía de las opuestas alturas. No todos, en la confusión na– ciente, pudieron hacerlo, sin embargo, con la presteza que la situa– ción exigía; porque, en la estrechez de los caminos montañeses, pé– simos por aquel tiempo, los cuerpos fugitivos delanteros tenían que ser un obstáculo para quienes procedían detrás. La compañía de ca– zadores del Imperial Alejandro, que, por tal razón, marchaba a reta– guardia, viose, así 1 en pocos minutos embestida por la fuerte y nu– merosa caballería patriota, principalmente compuesta de los bravos cazadores del num. 7 y los aguerridos del Ejército, todos los que, ba– la en boca, y al grito de rendición, cayeron como un alud de plomo sobre los pobres retrasados. Hacían éstos fuego en retirada, a la vez que procuraban precipitadamente encaramarse cuesta arriba para escapar. Pero el intento fue imposible. Tr~s lucha feroz y desigual de algunos segundos, en que perecieron no pocos españoles, y algunos independientes, y resultaron muchos heridos, rindiéronse a dis– creción los ciento veinte cazadores peninsulares veteranos y engreí– dos, inclusive sus orgullosos oficiales. Los granaderos de a caballo siguieron adelante, en persecución de Carratalá, que corría, corría, ~in descanso, en la dirección de Huancavelica; sólo que esa tenaz ope– ración no alcanzó la rapidez ni la eficacia que anhelaran los perse– guidores, por lo rudo y escarpado de la cuesta que se veían obligados !a subir. Con todo, ya se acercaban al adversario; ya le acometían de lejos a balazos; ya estaban encima; cuando, ¡oh pena para los presun– tos vencedores!, presentóse ante ellos otro incómodo parlamentario, ,notificándoles, de orden de Arenales, la suspensión de aquella hostili– dad y de otras cualesquiera, por efecto de una segunda prórroga del armisticio de Pund1&,uca, reiteradamente ajustada para otros ocho días. El coronel español, a pesar de todo, alejóse alebronado sin de– tenerse hasta Huamanga. En ese camino fue dejando sinnúmero de retrasados, y, más aún, de desertores; a tal punto que la división realista "quedó fuera de combate"; y fueron tales la debilidad y el pánico del aludido jefe, que no volvió a aventurarse fuera de aquel último refugio, sino cuando Canterac (en la retirada que, precisa– mente en esos momentos, emprendía todo el ejé:i;-cito español de la capital) no llegase a ocupar la ciudad de Huancavelica.

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