Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

160 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ agazaparse. Volaban unos hacia la campiña; trepábanse otros por los ásperos cerros; gran número -los menos avezados y más infeli– ces- hundiéronse en sus casas. La matanza y el destrozo fueron ho– rrendos. Centenares de muertos y de heridos alfombraron las aveni– das y la plaza del pueblo, recorrido, en plena locura y con feroz ale– gría, por la soldadesca del verdugo que allí mismo dedicóse a saquear y destruir cuanto encontró a su paso. Quienes vieronse descubiertos en sus domicilios, fueron de éstos extraídos y ruda, cruelmente mal– tratados. Los primeros en caer, inclusive algunas mujeres, fueron arrastrados brutalmente al atrio de la iglesia; suspendidos con cuer– das y colgados de las torres; y allí azotados incansablemente, hasta expirar. . . Dejólos en esta condición el Nerón realista "para escar– miento" (fueron sus palabras), al evadirse de la desventurada pobla– ción, huyendo de Arenales. Y al huir hízolo desparramando donde– quiera una proclama, hirviente en rabia y en amenazas de destruc– ción (como todas las suyas), expresando que el castigo infligido a los hijos de Chupaca era el "resultado necesario de su infidelidad y su rebeldía", y jurando hacer correr la misma suerte a quienes, como los chupaquinos, se atreviesen a exteriorizar cualesquiera simpatías por los insurgentes, o incurir en falta de ayuda, consideración y obe– diencia a las tropas reales. Tuvo en sus manos el general divisionario independiente el ma– nuscrito original de la proclama referida, que por supuesto fue re– mitido a San Martín, con el relato de aquel "horroroso destrozo de la inerme población" chupaquense, de esa "atrocidad premedi– tada"; relato a que seguía la justa protesta del prócer (español de nacimiento) contra aquel salvaje modo de hacer la guerra; la reco– mendación de dirigir al virrey el respectivo cartel de represalias; y la oferta solemne de que, si Carratalá cayera alguna vez en sus ma– nos, impondríale sanción igual a la experimentada por el famoso "corta-orejas" de Santa Cruz en la sierra ... N. Saldívar. VII Después de esa cobarde hazaña, Carratalá tomó la senda de Changos, Casma y Moya; pasó el puente de Izcuchaca, que minó con pólvora, para volado en el momento en que pretendiesen cru– zarlo las fuerzas de su perseguidor, objeto con el cual instaló, sobre la luenga arcada de cal y piedra 1 competente destacamento que cerrara el paso; y siguió con el grueso de su columna a Ruando, para, por Acoria y en caso de precisión dirigirse a Huancavelica, y

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