Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
DE TARMA A HUANCAYO 159 ciones con la capital; ganó la margen derecha, en que conservaría estas últimas; y, caso necesario, aseguraría su retirada al cuartel ge– neral de Asnapuquio y al de Lima; tomó la vuelta de San Jerónimo, primero; se encaramó por las alturas después; y enderezó su paso al sur con rumbo terminal hacia el pueblo y el puente de Izcuchaca, que le abría la agreste y defendible zona frígida y montañosa de Huan– cavelica. Pudo entrar en Huancayo, pero no lo hizo; y, antes bien, con– tinuó por la misma senda toda la noche, siempre por las laderas altas y eminencias, hasta aproximarse al pueblo de Chupaca, en la madru– gada del 26. Detúvose a una media legua del lugar, y aguardó el día. Rayaba éste, cuando expidió sus avanzadas sobre el poblado, bien instruídas, para perpetrar, según se expuso ya, una de sus más atro– ces y diabólicas fechorías. Ocurrió, en efecto, que esas avanzadas penetrasen por las caIIes del pueblo, dando estentóreos vivas a la Patria; y que los chupaqui– nos, todos patriotas, saliesen, en seguida, jubilosos de sus domicilios; asaltasen las torres de su iglesia (altar de su muy próximo holocaus– to): tocasen a somatén, para congregar al vecindario entero en su plaza de armas, Ilamando así, simultáneamente, a las gentes de la vega, de la montaña y de la campiña; rompiesen en alegres repiques; deshiciésense en aplausos y aclamaciones; y Ilevasen su entusiasmo frenético hasta abrazar, uno por uno, a sus huéspedes, que, desem– peñando admirablemente el infernal papel de que estaban encarga– dos, daban a su vez estentóreos mueras a la causa realista y aun más sonoros vivas a la de la libertad. VI Hallábase el sencillo vecindario en lo más fervoroso y ardiente de estas manifestaciones, cuando, súbitamente compareció Carratalá con el grueso de su columna; y, viendo al pueblo reunido, como bien coligiéralo su previsión diabólica, emprendióla contra aquél a bala limpia, en una serie de descargas furiosas y cerradas. . . Cuál fuese el resultado de esa iniquidad, ya puede concebirse ... El comi– cio, ante esa acometida inesperada, desbandóse y se deshizo como por ensalmo; y el infame sacrificador de aquella gente inerme, y por tanto inofensiva, prosiguió tras ella, furibundo, dirigiendo su tem– pestad de proyectiles sobre los grupos de fugitivos alados, que, en su confusión y su pánico, apenas si acertaban a ponerse en cobro, buscando una senda por donde escabullirse o algún rincón en que
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