Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
DE PASCO A TARMA 149 atmosférica, produce la aspiración del ácido carbónico, amanecieron casi asfixiados y, en consecuencia, exánimes; estado en que fueron encontrados por sus compañeros, que acudieron a despertarlos pre– miosamente, viendo que no hacían atención a los toques de llamada en instantes de aprestarse para la retirada que íbase a emprender. En el acto atribuyó Carratalá aquel accidente a envenenamiento, y expidió la orden de poner fuego a la población, que empezó a arder, a la vez que, para extremar ese castigo y privar de recursos al ene– migo ya próximo, redondeábase el saqueo de la víspera hasta no de– jar cosa valedera. III No siguió Alvarado a Carratalá, como pudo y debió hacerlo; y antes bien repantigóse en el pueblo destruido, so capa de apagar su incendio. Este ardía aún a la llegada de Arenales. . Después de despachar al teniente coronel don Manuel Rojas, a su antiguo puesto de gobernador del Cerro, con encargo de recolec– tar dinero, conseguir equipos, y aprontar nuevo y abundante vestua– rio para la expedición, y de hacer que, con el mismo Rojas, partiesen los oficiales enfermos, en pos de curación más prolija y esmerada (3), Arenales emprendió salida de Paseo, dirigióse a Reyes, y expidió orden a Alvarado, que aún estaba en este pueblo "procurando apa– gar el incendio", de perseguir insistentem~nte a Carratalá, que se retiraba por Palcamayo, con expresa advertencia de hacerlo por el camino alto de la derecha, que "era llano y, sobre todo , recto". Se comprende bien este prevención, dirigida a disminuir la distancia en– tre perseguidores y perseguidos para mayor rapidez, seguridad y efi– cacia de la persecución ya que se podría, o "cortar al enemigo", o por lo menos, "llegar junto con él a Tarma" (4). Desgraciadamente, la vanguardia hallábase confiada a un inútil o un cobarde, y su papel re– sultó, en esta nueva ocasión, tan negativo como siempre. Contra– viniendo a las prescripciones de su superior, Alvarado escogió por sí y ante sí, el propio camino seguido por Carratalá; y todavía incu– rrió en la gravísima falta de detenerse en el citado punto de Palca– mayo, desde donde comunicó a Arenales la necesidad en que dijo haberse visto de "reponer las herraduras" (por centésima vez) y de (3) Esos enfermos eran varios; entre ellos, dos jefes de nota: el teniente ícoronel Moldes y el sargento mayor (de 7 de los Andes) don Félix Villota ambos naturales de Buenos Aires y fallecidos en el mismo Cerro poco después: (4) Memorias, pág. 82.
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